Historias de Tortura y Otros Menesteres: Entrevista con Jon Ronson, autor de The Men Who Stare at Goats

“La verdad es en realidad mucho menos seria de la que suponen los teorizadores de la conspiración”, explica Jon Jonson, autor de The Men Who Stare at Goats (“Hombres mirando fijamente a las cabras”), un libro sobre la rama psicológica del aparato militar estadounidense. “The Men Who Stare at Goats trata sobre una de las teorías de la conspiración más alocadas que existen, que sostiene que los poderosos hacen uso del ocultismo para controlarnos” continúa, “pero el libro demuestra que aunque los teorizadores de la conspiración están en lo cierto, tanto como lo estaban con respecto al Grupo Bilderberg y al Bohemian Grove, tienen razón en una manera muy diferente a la que creen que tienen”.

El libro relata al detalle los extraños desarrollos dentro del aparato militar estadounidense posteriores a la guerra de Vietnam, cuando un número de integrantes de alto rango del personal de inteligencia militar comenzaron a pensar de manera innovadora, adaptando varias teorías de la Nueva Era. Los capítulos del libro van de lo francamente ridículo (como el ejemplo del General Stubblebine, jefe de la inteligencia militar estadounidense, quien intenta atravesar una pared cada mañana y termina con una nariz amoratada en premio a sus esfuerzos), a lo misteriosamente siniestro (el uso de la música infantil como instrumento de tortura en Irak).

El libro es a la vez escandaloso y comiquísimo, lo que es en sí una combinación difícil, pero de lo cual Ronson está bien consciente. “Soy humorista de alma” explica, “y si bien me doy cuenta que hay largas partes en The Men Who Stare at Goats que no son divertidas, cuando me siento a escribir un párrafo (como el que estoy escribiendo en este momento) me pongo a pensar las maneras de agilizarlo y hacerlo más humano. Incluyo más diálogos y bromas donde quepan, siempre busco la manera. Evito escribir largas extensiones de texto basado en hechos solamente; prefiero presentarlo en forma de historias y comentarios humorísticos, porque representan mejor a los seres humanos”. Así y todo, muchos alegarán que el humor no constituye el medio más adecuado para relatar historias sobre inteligencia militar y tortura. “La acusación no va tanto contra el humor” responde, refiriéndose a The Men Who Stare at Goats, “sino a los retratos humanos: la gente es a menudo divertida sin darse cuenta, y me incluyo. Prefiero escribir en ese estilo. Es más liviano de leer, y es el estilo que mejor me sale; por encima de todo esto se trata sobre la gente y sobre las razones que tienen para obrar de la manera que lo hacen. Cada historia sobre este planeta se trata, en esencia, de eso, aunque la gente se olvide de esto con frecuencia. Los periodistas se piensan a menudo que las historias deben basarse en los hechos, pero yo opino que deben basarse en la gente: descubrir las razones del comportamiento de la gente significa llegar al fondo de la historia”.

A modo de ejemplo, me cuenta una historia sobre un eminente erudito islámico que había sido invitado a la Casa Blanca, dos días después de los eventos del 11-9 para verse con el presidente Bush. “Estaba sentado en el despacho oval, cuando Bush entró en pantalones de deporte. Regresaba de hacer jogging y entró majestuosamente en la sala, diciendo en tono apremiante: “¡Me corrí una milla [kilómetro y medio] en seis minutos y medio! ¡He logrado una milla en seis minutos y medio! Me siento orgulloso de mí mismo”. Estoy orgulloso de mí mismo: la misma historia de siempre. Creo que esa simple descripción de Bush entrando en la sala, dos días después de los ataques del 11-9 dice tanto más sobre él que ningún análisis fáctico de sus políticas”.

Uno de los personajes principales de The Men Who Stare at Goats es el teniente coronel Jim Channon. Luego de la derrota psicológica de Vietnam, donde EE.UU. perdió la guerra a pesar de su superioridad militar, Channon sugirió al Pentágono que el ejército necesitaba más astucia. Le encomendaron en 1977 que estudiara maneras de llegar a esto. En 1979 presentó su “Manual de Operaciones del Batallón Terrestre Primero” (First Earth Battalion Operations Manual), el que intentaba rediseñar el aparato militar estadounidense tanto física como mentalmente. Las tropas del Batallón Terrestre Primero llevarían con sí reguladores con ginseng al frente, así como también instrumentos de adivinación, flores simbólicas y altoparlantes emitiendo “música autóctona y palabras de paz” [pág. 41 de la versión inglesa de The Men Who Stare at Goats]. Lo sorprendente no es que los militares no aceptaran sus ideas, sino que asumieran muchas de ellas, aunque sea en forma modificada.

De los altos ideales del Batallón Terrestre Primero, Ronson sigue atentamente los eventos perturbadores que terminaron en Abu Ghraib y Guantánamo. “Los militares se apoderan de estas ideas originales, estos productos de la investigación, piensan, y cuando no hay crisis permanecen latentes y teóricas. Piénsese en la bahía de Guantánamo como una especie de laboratorio experimental: cada vez que alguien sale de Guantánamo, uno se entera de alguna nueva técnica esotérica que se le ha aplicado. No existe ninguna manera por la cual haya militares individuales que ideen independientemente todas estas ideas en el acto. Está claro que estas ideas han ido surgiendo en gabinetes estratégicos con el pasar de las décadas, gabinetes estratégicos como el Batallón Terrestre Primero. Lugares como la bahía de Guantánamo son perfectos para que se den, por la oportunidad única de probar estas cosas sobre seres humanos”.

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