Solo por el “Keyhole”

Hoy, 12 de agosto, es el día nombrado para asalto final sobre el Keyhole ('Ojo de Cerradura'), una cumbre en el parque glacial Kokanee de Colombia Británica. Dentro de unas pocas horas sabré si los meses de formación y planificación minuciosa (además de los varios viajes costosos a la tienda de material de excursionismo) han dado buenos resultados. Ésta va a ser la tercera vez en 10 años que intento llegar a la cima. La primera fue en 1994 cuando de capitalino certificado intenté subir en sandalias, llevando cerveza como líquido y un paraguas plegable como protección contra los elementos. Pronto me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y decidí (sabiamente) retroceder. Más recientemente, en 2000, logré alcanzar la distancia terriblemente cercana de casi un kilómetro cuando otra vez tiré la toalla. Recuerdo una tarde soleada estar recostado en un claro de flores silvestres, en compañía de una marmota amistosa, mientras muy por encima de mí mis dos compañeros más delgados procedieron al triunfo y a la distinción.

A decir verdad, como experiencia de montañismo extrema, el Keyhole no es gran cosa. Es poco más que una cuesta empinada de unos cientos de metros que lleva a un tipo de desfiladero en una cresta de esquisto poco firme; pero me ha frustrado en dos ocasiones previas. Esta vez no pienso fracasar. En preparación para mi aventura he perdido 10 kilos. Para la perplejidad de mi familia, he empezado a hacer footing cinco veces por semana. He comprado una chaqueta ultramoderna a prueba de viento, botas de excursionismo hechas en Italia, y mapas topográficos de colores brillantes, los cuales ni sé si podré interpretar. Durante todo el invierno he estado obsesionando con el Keyhole, aunque no he tenido la imprudencia de compartir mi secreto con otros. Eso disminuye la humillación en el caso de que no… .en el caso de que… .ay, el mero pensamiento es demasiado doloroso. Mientras troto por las aceras heladas del centro de Toronto mido a mis compañeros con la vista y me pregunto “¿tendría éste o ésta la madera para lograr subir el Keyhole?”

He despertado esta mañana sintiéndome algo apático y no completamente convencido de estar haciendo lo correcto. En respuesta a mis preguntas ayer en Nelson, alguien notó siniestramente: “¿El Keyhole? Me han dicho que no es para novatos.” ¿A quién se referiría? ¡Seguro que a mí no! Mi plan es ponerme en marcha temprano y aprovechar el largo día. Dejar una hora para llegar a la punta del camino, tres horas para la subida, dos horas para la bajada, y un margen de nueve horas para descaminarme.

Es una mañana magnífica y parece que continuará haciendo calor. Hacia el norte el cielo sigue brumoso a causa de los incendios en los valles vecinos. Por si acaso me bebo una botella de agua entera y llego al camino, esperando no perder el punto donde se bifurca hacia la izquierda y serpentea cresta arriba. Mientras camino, me vuelve a invadir aquella sensación de euforia: la sensación que te llega en las montañas occidentales con las vistas majestuosas y el aire fragrante. Alguien dijo una vez que las horas que uno pasa caminando en las montañas se descuentan de tu duración de vida y lo puedo creer. Nunca me he sentido tan ligero.

Normalmente durante el verano estos prados estarían cubiertos de flores silvestres: castillejas y lupinos, pero una sequía prolongada ha quemado todo el color del paisaje. Al otro lado del valle, picea ligera como pluma y abeto bálsamo cubren las vertientes como musgo. A medida que voy subiendo cada recodo proporciona nuevas vistas espléndidas. ¿Puede realmente ser tan fácil?Reflexiono que, más que un asalto, esto se trata de una lenta seducción. Incluso se podría decir que estoy 'cortejando' al Keyhole.

Increíblemente, casi antes de darme cuenta, me encuentro en la cuesta final, una fuerte pendiente desmenuzable y resbaladiza que me da escalofríos. El viento aquí, penetrante y hostil, parece sugerir que estoy entrando sin derecho. Un solo paso en falso y quién sabe cuánto tiempo tardarán en localizarme. ¿Vale el riesgo? Me detengo para considerarlo…¡Qué sí!

En diez minutos estoy mirando hacia el este, encima de un prado de nieve ondulado. El glaciar Kokanee. ¡Finalmente, lo he conseguido! He “conquistado” el Keyhole. Y sin embargo, en vez de gritar y golpearme el pecho, por alguna razón me siento inquieto. Casi había pensado que habría alguien aquí esperándome para darme un distintivo; pero mi único compañero es un halcón peregrino que pica y vuela alrededor de mí dando vueltas siempre decrecientes. Me quedo boquiabierto unos momentos, contemplando este imponente paisaje de hielo que parece haberse formado únicamente para mí.

Si la experiencia me ha cambiado, no estoy consciente de ello: me siento exactamente la misma persona que era cuando salí de mi tienda a gatas esta mañana. Por energía (y no porque tenga hambre) me lleno la boca de unos puñados de nueces y decido poner fin a esta excursión. El triste hecho es que con mi misión personal cumplida, no se me ocurre nada más que hacer que irme del lugar.

Dos horas de resbalones y brincos energéticos me llevan al fondo del valle sin novedad, donde me cruzo con el primer ser humano que he visto en todo el día – una joven urbana desmañada, los labios fruncidos de concentración, los brazos extendidos, luchando para franquear el camino principal. El Keyhole es ya sólo un peñasco diminuto asomándose por detrás de mi hombro derecho, y me sorprende bastante ver la distancia que he recorrido. En un tipo de reacción retardada, me invaden sentimientos de orgullo y logro. Quizás sí me haya transformado la vida. Siento un impulso repentino a abrir el pecho, a contarle a esta mujer sobre dónde acabo de estar. Levanto el brazo flojamente, como si estuviera a punto de señalar con el dedo, pero tiene los ojos fijados en el suelo delante de ella, y pasa de largo sin notarme.

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