«Repartir lo que tenemos y no lo que nos sobra» Trabajando con los saharaui. Entrevista a Alfonso Torres Istúriz, colaborador miembro de ATTsF en el Sahara

Alfonso llegó en 1999 a los campos de refugiados saharauis de Tinduf, Argelia, y trabaja actualmente, como él mismo explica, «en la coordinación de las labores técnicas y apoyo al personal encargado de formular proyectos en los informes técnicos y financieros». Describe al pueblo saharaui como hospitalario, tranquilo y correcto. Me enternece cuando relata una de las muchas anécdotas vividas durante estos años:

«Recuerdo con cariño el día que en la maternidad de lo que allí llamamos hospital, nos encontrábamos reparando las ventanas y de repente, a la vez que se levantó un siroco, el viento con arena del desierto, también se puso de parto una señora. Cogí una ventana cualquiera que ya tenía cambiados los cristales y apoyándola contra el hueco la mantuve contra la pared mientras a mi espalda nacía un bebé llorón y al otro lado de la ventana se encontraban todos mis compañeros animándome para que aguantase la casi una hora que duró el parto.»

Alfonso me explica cómo acostumbrarse a la vida del desierto no sólo tiene que ver con el abandono de la comodidad del hogar. «Donde yo trabajo se unen varias idiosincrasias», dice, «por un lado el desierto propiamente, por otro el mundo musulmán y tercero el hecho de que hablemos de un campamento de refugiados con treinta años de existencia».

«Hasta el último proyecto en el que estoy embarcado yo sólo participaba con mis vacaciones en
periodos de 20 a 30 días», sigue explicando, «pero he aprendido que a partir de los dos meses de estancia prolongada es cuando empiezan los verdaderos problemas de adaptación».

Son estos pequeños problemas a los que Alfonso se refiere los que más me interesan a mí, el día a día, las conversaciones al final de la jornada, los largos e intensos silencios de la noche del desierto. Aprendo por sus palabras que los cooperantes se alojan en el llamado «Protocolo» donde disponen de lo que el llama «una especie de restaurante» y el privilegio del uso de un teléfono unas pocas horas al día.

«¿Abandonar la causa?» sigue. «Si a veces fuera tan fácil como montarte en el autobús… lo cogería muchos días. Cuando trabajas en cooperación debes de saber muy bien porqué estás haciendo lo que haces y para qué. A veces me pregunto, qué me hace seguir y no tengo respuesta porque se mezclan los sentimientos con el orgullo,», dice Alfonso, «con la profesionalidad. Sin duda el Sahara a puesto a prueba en varias ocasiones mis límites y ni yo sabía que se pudiera aguantar tanto, eso me ha convertido en mejor persona creo, he descubierto la persona que tenía por ahí adentro».

Intento 'calentarlo' un poquito y hacerle una pregunta un poco entrometida:

«Alfonso, ¿en qué momento pasa de ser una aventura nueva para convertirse en cruda realidad?»

Mi intencional falta de tacto surte efecto, las respuestas me llegan a través de la pantalla del ordenador, y las palabras de esta respuesta me hacen adivinar la moderada irritación de este hombre acostumbrado a ver de cerca la lucha diaria, el desinterés de todos por este pueblo:

«Creo que cuando has estado dos o tres veces en el Sahara, cuando empiezas a captar la tragedia que vive el pueblo saharaui abandonado por la comunidad internacional, cuando el morito de turno pasa a llamarse Ahmed», y aquí imagino al Ahmed amigo de Alfonso, y a los otros que él sigue mencionando, no puedo oír su voz, pero adivino la alteración en su tono, «o Embarka o Sidi o Handi o Iza o Fala o Hamudi o Minetu o Salek y a ti te llaman por tu nombre y sabes qué les duele qué les hace reír y te das cuenta de que están condenados a vivir en ese maldito desierto porque a nadie parece importarle es cuando te das cuenta de la… cruda realidadddddd».

«Realidad» llega enfatizada con seis «des» que me ayudan a ver el dedo del escritor sobre el teclado, con ira, con desesperación, al final de un párrafo escrito sin comas, sin descansos, sin pausa ni barreras a la indignación expresada en cada uno de esos nombres. Los labios del cooperante se me dibujan tensos, resignados pero impasibles y determinados ante el estereotipo de mi expresión, ante la vulgaridad de mi «cruda realidad», que de cruda, se hace indigestible.

ATTsF han trabajado siempre en Tindof, en varios campamentos y en zonas de nómadas y no se cansan de mencionar la hospitalidad de sus gentes. Ahora tienen un proyecto piloto en Colombia para rehabilitar y agrandar un centro de acogida de niñas que han sufrido abusos sexuales y tienen problemas de drogas. Alfonso dice que hay diversas formas de ayudar, y cuando yo le pido sugerencias esperando quizás una dirección de Internet o una cuenta bancaria en la que ingresar donativos, o incluso la posibilidad de facilitar la colaboración por mediación de Three Monkeys Online, me sorprende con la más sencilla y sabia de las respuestas:

«Sin duda hay muchas formas de ayudar, yo siempre expongo una: enseñar a nuestros hijos a hacer de este mundo un mundo un poco más solidario. Digo nuestros hijos porque estoy convencido de que nuestra generación y las anteriores deberían de volver a nacer para conseguir ser solidarios de verdad… repartir lo que tenemos y no lo que nos sobra, en todos los aspectos de la vida».

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