Recuerdos, lucha y fantasía de la mano de la gran superheroína de la narrativa hispana – Entrevista con Isabel Allende

Sus obras reflejan de una manera u otra, la gente, la vida que le rodea, pero sus seguidores nos preguntamos si está ella misma reflejada en sus libros.“La escritura es siempre autobiográfica”, dice, “¿por qué se escoge un tema o unos personajes si no es para explorar algo de la propia vida o personalidad? Por supuesto que estoy en mis libros, a veces con disfraces y otras abiertamente”.Algo indiscutible es que puede magistralmente convertir las características observadas en sus personas queridas en aquellas de sus personajes. Su familia es una de sus mayores fuentes de inspiración. La vida que la rodea, sus inquietudes, se convierten en sus historias y a veces, como era ya acusada de niña, en sus mentiras. Desde pequeña ha fantaseado y elaborado siempre su propia versión de los acontecimientos. Ya entonces, como confiesa a su buena amiga Celia Correas Zapata en el libro biográfico Vida y espíritus, inventaba narraciones para sus hermanos. De la misma manera, Gregory Reeves, el protagonista de su novela “El plan infinito” está inspirado en su propio marido, William C. Gordon. La novela sigue la historia de un “gringo” y sus experiencias y relaciones con los hispanos de California, narrando en la tercera parte de la misma, su intervención en la guerra de Vietnam. Es en esa parte donde por medio de Reeves dice:

“Gente. La guerra es gente. Vida o muerte, matas o mueres. Nosotros somos los buenos y ellos los malos. Una bala es la gran experiencia democrática”.

Impresionada por tan poderosas palabras le pido a la autora que me dé su verdadera opinión sobre los conflictos vividos en estos turbulentos días en todo el mundo.“La política de Bush no ha disminuido el terrorismo,” dice, “lo ha aumentado. Las causas son las mismas que antes inflaron los movimientos guerrilleros: pobreza, desigualdad, desesperación. Ahora se agrega el elemento de fanatismo religioso, que impulsa a cierta gente a sacrificarse por una causa. Hay que estar en un callejón sin salida para forrarse en explosivos y volar por los aires. El fundamentalismo ha aumentado, no solo musulmán, también cristiano, judío, etc. Es siempre peligroso. No creo que esto se resuelva con violencia, sino buscando la forma de mejorar la condición humana”.

Sus orígenes de periodista indudablemente tienen mucho que ver con su amplio interés y conocimiento sobre la política, el mundo y la actualidad. Confiesa, de nuevo en la biografía escrita por su amiga Celia, estar interesada en todo, meterse mucho en las vidas ajenas. “Claro que si, si no me metiera no tendría tema para la escritura”, le dice a Celia. Están hablando de la familia pero en cierta manera yo me tomo la libertad de interpretar esta confesión en un contexto más amplio, en una evidente preocupación por el mundo que la rodea. Creo vislumbrar esta curiosidad, esta muchas veces indignación por el dolor del otro en uno de sus relatos de Eva luna: “De barro estamos hechos”. En él recuerda uno de los mayores escándalos periodísticos en el mundo hispano: la muerte retransmitida en directo de Omaira Sánchez, una niña atrapada en el lodo tras una explosión volcánica en Colombia.
“La prensa tiene derecho a entregar las noticias al público”, dice cuando le cuestiono al respecto refiriéndome a los derechos de los medios de comunicación y sus, muchas veces, obscenas intromisiones en la vida privada de los protagonistas de la noticia. “La obscenidad en el caso de Omaira Sánchez no fue que la prensa estuviese presente en su muerte, sino que pudieran llevar en helicópteros las cámaras de televisión los periodistas y no pudieran llevar una bomba para succionar el barro y salvar a la niña.”Opina que es mejor dar la noticia al mundo para que quede en nuestras conciencias, “para que no se repita” dice. Yo en cambio, no puedo evitar cierto escepticismo ante el correcto funcionamiento de nuestras propias conciencias, no puedo menos que recordar cuantas veces se habló y se relató la atrocidad vivida por los judíos durante la segunda guerra mundial por ejemplo, o el dolor repetido de tantas víctimas de dictadores sin conciencia. Sin ir más lejos, no puedo menos que pensar en la familia Allende, directamente perjudicada por la intervención del ejército en su país, no puedo menos que pensar en el incontable número de asesinados bajo el gobierno de la junta del infame General.
“Pinochet no pagará por sus crímenes contra la humanidad, la corrupción y el robo”, asegura, “no irá preso y dudo que sea juzgado. Sin embargo, pasará a la historia como lo que es, un ser despreciable que manchó la historia de Chile con 17 años terribles y sus consecuencias. Pinochet y sus secuaces hicieron todo lo posible, incluso una fundación para ocultar la verdad y convencer al mundo de que habían 'salvado a Chile del comunismo'.”

El mundo recuerda el 11 de septiembre del 2001 con horror, pero ya casi ha olvidado el otro 11 de septiembre al que ahora nos referimos, el de 1973, fecha en que la vida de muchos chilenos, entre ellos Isabel, cambió para siempre:“Perdí mi patria con el golpe militar,” explica, “cuando tuve que dejar el país. Durante 17 años tuve la sensación de que me habían robado algo fundamental. En 1989 retornó la democracia a Chile y yo podría haber vuelto, pero para entonces estaba casada con un norteamericano y vivía con mi familia en California”.
Actualmente la autora visita Chile varias veces al año. Encuentra grandes diferencias entre su país de origen y el país que ella ha elegido para vivir ahora, pero dice que sus viajes le demuestran que fundamentalmente somos todos iguales. Son las similitudes las que nos acercan unos a otros. Recuerda a los inmigrantes hispanos pobres, en muchos casos ilegales que sufren “como una nación aparte, sin derechos, con sueldos de hambre, expuestos a todos los abusos, como una forma de esclavitud”.

Su última novela es El Zorro. Imagino a sus seguidores tratando de entender si verdaderamente se trata del Zorro que todos conocemos, tan bien interpretado por Antonio Banderas en las dos últimas películas norteamericanas, o de algún otro Zorro con nuevas características y nuevas aventuras, reinventado por la escritora. Yo misma busqué la novela con entusiasmo, la leí con avidez y disfruté cada palabra de ella, cada episodio, cada peligro, ¡cada emoción!

“Me interesó la proposición de escribir el Zorro cuando comprendí que
tendría la mayor libertad para inventar lo que yo quisiera”, dice Isabel. Y verdaderamente la leyenda se ve enriquecida con su interpretación literaria, los personajes aparecen más reales y al mismo tiempo, se conserva la magia siempre presente en sus relatos. El lector se sorprende de verse rápidamente envuelto en la trama de la historia, encontrando una explicación lógica, por muy mágica que sea, a cada acontecimiento; viendo crecer el cuerpo de Diego, convirtiéndose del niño mestizo al gran héroe enmascarado; asistiendo a la formación de su doble personalidad, la humana y la mágica, siempre guiado por su animal espiritual, que como bien se puede adivinar es ¿como no?… ¡un zorro!

Allende dice que le pareció fascinante la época en que la historia tiene lugar, el comienzo del siglo diecinueve. La investigación no le resultó difícil, la trama se desarrolla en dos continentes y en varios países y la autora nos lleva de uno a otro con facilidad, nos hace incluso sentir las incomodidades del viaje y los peligros que acechan a sus personajes. No es ella sola quien describe su obra como:“Una novela folletinesca al estilo de las que se escribían en el siglo diecinueve”. Ya varios críticos han hablado de ella de la misma manera. Isabel juega con el lenguaje, y con la ausencia del mismo. Bernardo, el compañero de Diego, elige el silencio como único modo de expresión.
“Quise redimir al personaje de Bernardo, que los seriales de televisión siempre trataron como una especie de payaso, un sirviente medio bobo de Diego de la Vega. Quise darle dignidad, orgullo, un papel importante en la vida del Zorro, pero tenía que mantener su característica de que no hablaba. En vez de hacerlo sordo mudo, decidí que no hablaba porque estaba traumatizado. La comunicación telepática con su hermano-amigo, Diego de la Vega, fue una forma de resolver el problema”.

Escribir en la piel de un hombre siendo mujer, no es tarea fácil pero Isabel explica que no le fue difícil identificarse con el héroe: “Tal vez porque en cada uno de nosotros duerme el niño, el adolescente, el joven que alguna vez fuimos. En mi caso, habría que hablar en femenino. No he olvidado las historias que inventaba en mi infancia, en las que yo siempre era la protagonista: valiente, orgullosa, aventurera.”
Confiesa que escribió la novela con alegría, con increíble facilidad, y el lector puede fácilmente adivinar esa alegría en ella: el humor predomina en la trama desde el primer renglón. También confiesa estar enamorada del personaje. “Mejor dicho, estoy enamorada de Antonio Banderas en su papel de Zorro”.

Y… ¿quién no? Pienso yo misma dibujando la imagen del atractivo enmascarado en mi cabeza. Es con esta imagen que la gran escritora me deja. Isabel se despide comunicando el comienzo de un nuevo proyecto. Ella se refugia en su estudio, su 'cuchitril' como ella lo llama, a partir de cada 8 de enero, fecha en la que, no es ningún secreto, comienza cada año un nuevo trabajo. Una vez más el proyecto promete, “una tarea titánica”, dice ella. Yo, apenas he cerrado la última página de su novela y espero ya con impaciencia noticias sobre la siguiente. De momento, dejo a la autora en el silencio de su oficina, concentrada en escuchar la voz de sus musas, de sus recuerdos y de los espíritus que siempre la acompañan, como ella dice “los vivos, los muertos y los literarios”.

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