Palliris, mineras del escombro. Potosí, Bolivia

Potosí, ciudad nacida a la vera de una montaña de pura plata, urbe que ha escrito delirantes historias de ostentación y despilfarro, villa imperial de esplendorosos palacios y aristocráticas iglesias, levantada sobre 8 millones de cadáveres de indígenas cautivos y esclavos africanos, es hoy una ciudad moribunda, muestra de lo que supuso la colonización de los españoles en América. Colgada a 4.000 m de altura en la puna boliviana, hostigada por el frió y el hambre, dura y cruel con todo el que osa poblarla, lugar donde la única alternativa es penetrar en las entrañas del Cerro Rico, Potosí es más inhumana aún si cabe, para las centenares de mujeres que la mina dejó viudas y subsisten de los despojos que escupe el cerro.

Las pallliris sobreviven de recoger la cola, el escombro que genera la explotación del socavón. Las callosas manos de la pallliri, acarician la roca, la observan con experta mirada y con atinada destreza machucan la piedra, de cuyas entrañas de un ágil vistazo descartan lo infructuoso, para extraer las vetas del mineral que la roca guarda celosa. Un martillo, un cincel, una escoba y sus propias manos son los únicos útiles que una pallliri necesita para trabajar, junto a una buena bolsa de hojas de coca para poder soportar el frío, el hambre y el cansancio de maratonianas jornadas. Ascienden al cerro que enriqueció Europa y esclavizó a los nativos supervivientes a la viruela y demás pandemias que generosamente importaron los españoles, hacia las 8 de la mañana y finalizan cuando el sol se pone.

A Sebastiana Armijo una mecha defectuosa la dejó viuda hace 24 años, el tiempo que lleva subiendo al Cerro Rico. A sus 64, continúa cribando entre los cascajos para poder subsistir después de haber sacado adelante a siete hijos, cinco hembras y dos varones.
“Antes trabajaba en casa y subía en ocasiones a la mina para ayudar a mi marido. Ahora subo todos los días, ” explica de manera resignada mientras rebusca en su mandil hojas de coca para empezar su jornada laboral. Trabaja para la Cooperativa Minera Villa Imperial, que le suministra la cola o el escombro para pallar. “Hay mucha competencia, somos 8 las mujeres que trabajamos en esta mina, aunque también hay mujeres que no pertenecen a ninguna cooperativa, pero acá no están bien vistas, ” comenta bajando la voz al realizar esta observación. El hecho de ser parte de la Cooperativa las obliga a entregar un 15% de sus salarios para la caja de enfermedad y poder cobrar así una pensión en su jubilación.

Símbolo nacional, el cerro era un cono perfecto de tonalidades rojizas que rozaba los 5.000 metros de altura, pero las galerías que durante siglos han vaciado sus argénteas entrañas, han disminuido en varios centenares de metros la cota de tan opulenta colina. Las viudas tienen su humilde lugar de trabajo a unos 4.300 metros en una ladera abierta a gélidos vientos invernales o inclementes jornadas de llameante sol estival. En una hilera de pequeñas chabolitas, junto al camino de tierra por el que los camiones se llevan el mineral de la montaña y la sangre de los mineros, las pallliris se afanan en arrancarle a la roca todo rastro aprovechable.

Dionisia Garabito enviudó hace 16 años, cuando los pulmones de su marido, tan perforados como la montaña, dejaron de funcionar, dejándola sola con sus seis hijos. Los últimos 10 años los ha vivido subiendo al cerro seis días por semana, 52 semanas al año, para pallar, separar el mineral, entre las piedras abandonadas por los mineros. Tiene 53 años y pertenece igualmente a la Cooperativa Villa Imperial. “Cada tres semanas recogemos la cola del buzón de carga, la traemos al cobijo y pallamos. Sacamos unas 3 toneladas al mes de mineral y la Cooperativa nos da por ello 600 bolivianos (unos 75?) que nos repartimos mi compañera y yo, ” nos explica Dionisia sin levantar la cabeza mientras machuca con el martillo un pedrusco informe. “Por el color y el peso sé si la piedra tiene mineral o no. Son muchos años pallando,” aclara la pallliri mostrando una roca con diferentes coloraciones. Pese a que cobra una pequeña paga del estado por la muerte de su marido, debe ascender diariamente a la colina para poder sobrevivir. “Acá se vive al día, no sabemos de futuro, ” apunta. “Los mineros no nos dejan trabajar dentro de la mina, dicen que trae mala suerte. ” comenta al levantar la cabeza y ver pasar un grupo de mineros provenientes del socavón, bañados en polvo, con desalentado paso y perdida mirada. El interior de la mina esta prohibido para las pallliris. Existe entre los mineros la creencia de que la venerada Pachamama, la Madre Tierra, se pondría celosa de ver otras mujeres en las galerías de la montaña, apartando a éstos de las venas de mineral que con tanto ahínco, afán y riesgo rastrean. “Dos hijos míos trabajan en la mina, ” apenas susurra Dionisia sabedora de los peligros que encierra el interior del cerro. “No hay trabajo, no hay otra alternativa para los hombres de esta tierra, ” afirma queriendo encontrar una justificación al drama que supone la vida en Potosí.

La gran mayoría de las pallliris supera la barrera de los 40 años, analfabetas casi todas ellas y viudas de mineros, con un promedio de entre cuatro y seis hijos. Ésta es la encarnizada radiografía de las mujeres que pueblan las laderas del argénteo Cerro Rico. Enfermas en su mayoría de artritis, reumatismo o tuberculosis, saben que una jornada no trabajada es una jornada en la que no hay para comer, así que, al igual que los mineros, acullican hojas de coca para aliviar los dolores físicos y sobre todo los dolores del alma. Mediante la salivación de las hojas y empleando la lejía o llicta, un catalizador elaborado con ceniza de quinua y puré de papas que utilizan para acelerar los efectos, “anestesian” su cuerpo e inhiben sensaciones como cansancio, hambre, sueño o frío.

Glover Gutiérrez apenas tiene 8 años y todos los días, tras acabar la escuela, asciende las escarpadas laderas del cerro para ayudar en la recogida de los escombros, a cambio de cinco bolivianos por día, apenas 60 céntimos de euro. Glover lleva trabajando 6 meses. “Me paresieron un año” musita con una sonrisa, en un tono mezcla de resignación y embarazo, mientras baja la mirada. Trabaja con la pallliri que lo requiera y se encarga de amontonar todos los restos de piedras del buzón de carga, montarlos en sacas o carretillos y acercarlos a los cobijos donde las pallliris los machucaran y estrujaran hasta lograr las últimas hebras de mineral. “Dentro de poco tiempo empezaré a entrar al socavón. Tengo ganas por que se gana más plata, y en casa hace falta, ” explica desde la ventana del buzón mientras barre los últimos restos de material. La zona de trabajo en la que se despliegan las pallliris es un hervidero de escolares en los días de fiesta. Tienen ganas de aprender un oficio del que saben no podrán escapar. Con 12 ó 13 años, los niños entran en las minas para realizar durísimas labores en condiciones de seguridad y salubridad inhumanas. Se encargan de desescombrar las galerías estre
chas en exceso, de sacar fuera de la bocamina sacas de piedra, de introducir los materiales por los pasos más estrechos? labores rudas donde se requiere la habilidad y tamaño de un cuerpo pequeño.

La vida en Potosí es dura, cruel con la gente que no tuvo oportunidad de huir de una crisis arrastrada durante decenios. “Primero se fueron los ricos, y después se fueron los pobres también, ” descubre Braulio Amantaní, un viejo minero indígena que ahora se gana la vida guiando excursiones por los corredores abiertos en inhumanas jornadas de dinamita y desescombro en busca de la vena que los rescatase de tan despiadada vida. “Nuestros antepasados enriquecieron Europa, somos los que más entregamos. Ahora, ¿qué nos queda? ¿Qué tenemos? Frío, hambre y miseria, ” se responde a sí misma en un tono de sutil reproche, otra pallliri que se ha sumado a la conversación. En Potosí se explota el estaño despreciado por los codiciosos españoles, abandonado como basura, escoria de una montaña colmada de plata. También se extrae zinc y restos de plata de baja ley escabullida de las avaras manos expoliadoras.

Antonia enviudó de León Vargas hace 21 años con ocho hijos y sin una pensión con la que hacer frente al futuro. Subió al cerro como última opción para poder sacar adelante a sus cuatro hembras y otros tantos varones. Hoy en día, sus cuatro hijos se ganan la vida poniéndola en juego a diario en las entrañas del horadado cerro, al lado del Tío, figura con forma de demonio que veneran los mineros como protector de los que en ella trabajan. Los mineros colaboran mayormente con las pallliris. “Si tienen corazón con nosotras, nos dejan cerca la cola, a veces hasta nos apartan piedras con veta, pero también hay mineros que no tienen corazón, ” asegura Antonia en un tono de gratitud a los que cooperan con su sufrida labor que se torna desprecio al mencionar a los mineros que las menosprecian. “Limpiamos unos 150 kgs de mineral no puro al día. Sacamos lo justo para vivir, para vivir al día, ” comenta.

Ésta es la realidad de un país al que la venerada Pachamama obsequió con grandes tesoros y riquezas naturales. Al leer los libros de historia, se sienten rabia, indignación y lágrimas. Una tierra maltratada y expoliada, habitada por personas que viven con el sufrimiento heredado de sus ancestros, luchadores cotidianos que hacen frente al presente apretando los dientes. La vida en esta tierra se traduce en eso: trabajo de animal y salario de hambre.

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