Los antiguos americanos: una nueva interpretación de la historia del Nuevo Mundo. Una entrevista con Charles C. Mann.

El poeta estadounidense Robert Frost escribió en The Gift Outright (“El regalo indiscutible”) que “la tierra fue nuestra antes de que nosotros fuéramos de la tierra”, una tierra que “todavía no había sido narrada, representada, mejorada/ así era, eso sería” [The land was ours before we were the land´s … still unstoried, artless, unenhanced/ such as she was, such as she would become]. La idea que el territorio americano no había sido “mejorado” antes de la llegada de los colonizadores europeos se ha convertido en una parte íntegra de la identidad moderna estadounidense. ¿Hasta qué punto cuestionan las nuevas teorías o argumentos esbozados en Ancient Americans la imagen de los colonizadores como innovadores que “mejoraban” la naturaleza (y en cierto sentido mereciéndose la tierra como resultado de ello)?

Si cabe decir, los europeos “desmejoraron” la tierra, al menos al comienzo. Antes de la colonización, los indígenas habían controlado la mayoría de los paisajes de las Américas durante milenios. Si hubiera podido volar sobre Nueva Inglaterra, por ejemplo, habría notado que la costa y los valles fluviales principales estaban salpicados con villas y poblados y bordeados con franjas de varias millas de anchura de campos de cultivo de maíz. Mas allá de estos campos se hallaban los bosques: no la tierra salvaje imaginada por Thoreau, sino un lugar cuidadosamente controlado, mantenido abierto mediante quemaduras anuales (para aumentar la provisión de carnes salvajes). El bosque era tan abierto que los primeros visitantes informaron que se podía andar con carruaje entre los árboles, sin necesidad de abrir caminos.

Cuando los europeos llegaron, importaron sin darse cuenta enfermedades europeas contra las cuales los nativos no eran inmunes. El resultado fue una gran ola de muertes que exterminó tanto como el 90% de la población inicial. Debido a la disminución de la población, se volvió difícil para las sociedades nativas controlar sus paisajes de la misma manera que lo habían hecho anteriormente, por lo que el mismo revirtió a un estado salvaje. Los europeos no alteraron el paisaje salvaje sino que más bien lo crearon. Más tarde, claro está, se pusieron a modificar su creación, “mejorándola”, por decirlo de alguna manera.

Siguiendo el hilo de la pregunta anterior sobre la noción poética sobre la tierra salvaje que domina gran parte de la literatura estadounidense, ¿necesitamos volver a leer a escritores como Henry David Thoreau con otros ojos, basándonos en las teorías que Ud. ha presentado, que afirman que mucho de lo que los americanos modernos tomaron por territorio salvaje era en realidad el producto de interacción deliberada de los humanos con la naturaleza?

Creo que sí. El territorio salvaje es una idea atractiva pero tiene el desafortunado efecto secundario de volver invisibles a los habitantes originales del hemisferio occidental. Presenta además problemas para la conservación. Si el objetivo de muchos de los esfuerzos conservacionistas estadounidenses es volver a la tierra a lo que era antes de Colón, entonces tienen que controlarla activamente, no dejarla en paz.

Hasta cierta medida, la discusión del encuentro entre los colonizadores europeos y los americanos nativos (por falta de un término mejor) ha estado dominada por un examen del efecto que tuvieron los colonizadores sobre los colonizados. En una coda fascinante del libro, Ud. especula sobre algunas de las influencias que los americanos nativos a la hora de dar forma a la cultura estadounidense moderna y a la democracia representativa. El académico Alan Taylor del Washington Post, por ejemplo, critica esta especulación en una reseña a su libro. ¿Es iluso, como sugiere Taylor, establecer un vínculo entre la sociedad americana nativa y, por ejemplo, la formulación de la constitución estadounidense?

No quiero discutir en específico con el profesor Taylor, quien es un historiador maravilloso y quien fue muy amable con mi libro. Pero diré que me da la impresión que algunos de los historiadores que han objetado a esta parte de mi libro están reaccionando a algo que no dije, más que a mi argumento real. La razón es que hace 10 o 15 años algunos historiadores escribieron que la constitución estadounidense estaba basada en el modelo de la constitución de los haudenosaunee (indios iroquois). Los haudenosaunee eran un grupo de cinco (más tarde seis) sociedades que se agruparon al norte del estado de Nueva York para crear la mayor organización política en el noreste en los tiempos de la colonización. Otros historiadores se molestaron tanto con el debate acerca de estas alegaciones, que tomó entre otras cosas matices de corrección política, que terminaron denunciándome por defender la misma cosa.

En realidad no lo hice. Tomado literalmente, tal como lo escribí, la alegación de que la constitución de Estados Unidos fuera copiada de los indios parece inverosímil: el sistema legislativo en la constitución haudenosaunee, si bien ilustrada a estándares contemporáneos, simplemente no se podía comparar con la constitución de Estados Unidos.

En vez de esto abogu&ea
cute; por algo diferente: las culturas nativas y las culturas europeas se influenciaron mutuamente. Con esto quiero decir que se dio el mismo tipo de préstamo cultural que vemos hoy en día, en el que los niños asiáticos de Queens (ciudad de Nueva York) se visten con ropa hip-hop, y que los niños afroamericanos de Harlem practican kung-fu y se ponen camisetas con imágenes de Bruce Lee. Durante los primeros dos siglos de historia estadounidense, las sociedades indias y europeas vivieron evitándose de una manera que resulta difícil de comprender en el presente. Existen un montón de estudios históricos de cómo los indios tomaron elementos prestados de los europeos, pero muy pocos que estudian lo contrario. Me parece inverosímil, a primera vista, que el tráfico se diera en dirección única.

Mi especulación (respaldada por algunas evidencias) es que el celebrado “espíritu democrático” estadounidense (la apertura, la falta de clases sociales, el descaro igualitario que innumerables visitantes extranjeros notan) tuvo en parte su origen en las sociedades indígenas igualitarias, faltas de clases sociales, relativamente abiertas del noreste estadounidense, que se basaron sólidamente en conceptos de la soberanía individual. Quizás me equivoque, pero hasta la fecha no he visto ninguna refutación a la idea.

Recuerdo las historias y películas de mi infancia sobre la conquista de América, y que la imagen que generalmente se presentaba de los españoles era sanguinaria, rapaz y codiciosa, que se encontraban con una cultura supersticiosa e inocente, rápidamente vencida por una combinación de engaño, acero y caballos. Sabemos, por supuesto, que los europeos trajeron enfermedades consigo, pero en esas mismas historias esto era, como mucho, una parte mínima del relato. ¿Qué tan decisivo fue, sin embargo, la introducción de nuevas enfermedades como la viruela para lograr la victoria europea?

Totalmente decisivo. Tomemos un ejemplo: la conquista de la Triple Alianza (el Imperio Azteca) por parte de Cortés. Cada niño en edad escolar aprende que Cortés entró en México a la cabeza de un ejército pequeño, tomó a Motecuzoma (el líder máximo del Imperio), quien pensaba que los europeos eran dioses, y luego conquistó el resto del Imperio a fuerza de una tecnología superior. Se puede demostrar la falsedad de casi todo esto. Para empezar, Cortés catalizó una revuelta contra la opresiva Triple Alianza, que lo llevó a marchar a la cabeza de un ejército enorme: entre ochenta y cien mil soldados, de acuerdo a algunos historiadores (propiamente dicho, toda la conquista fue sólo cuestión del ingenioso secuestro de Cortés de una guerra entre poderosos estados indígenas). Es cierto que Cortés tomara a Motecuzoma, pero no existe evidencia tangible de que el líder indígena creyera que los españoles eran dioses, esa historia emergió más de un siglo más tarde. Y, lo más importante, cuando la Triple Alianza contraatacó, durante la famosa “Noche Triste”, derrotaron a Cortés completamente. Perdió dos tercios de sus hombres y todos sus caballos y lo echaron de la ciudad.

Eso hubiera sido el final de Cortés, si no fuera por su increíble suerte. Aproximadamente al mismo tiempo, una segunda expedición española desembarcó en tierra mexicana. Esta expedición había sido enviada para ir a buscar a Cortés, que se estaba comportando de forma ilegal. Cortés los atacó y secuestró a todos sus hombres. Uno de ellos, posiblemente un esclavo, tenía viruela y así contagió al hemisferio. Algo así como una de cada tres personas en la Triple Alianza falleció en los meses que siguieron. Visto que los españoles eran inmunes a la viruela y no se morían, sus aliados indígenas (así como los mismos españoles) creyeron que Dios los favorecía. Y esto permitió a Cortés reformar su propia alianza y atacar la debilitada ciudad.

No es mi intención denigrar la valentía de Cortés, su liderazgo o crueldad, pero nunca hubiera conquistado México si no hubiera sido por la viruela. Al parecer la misma epidemia azotó regiones tan al sur como las del Imperio Inca, donde mató al emperador y a su sucesor designado y provocó una calamitosa guerra civil. Esta era la situación que permitió a Pizarro conquistar este Imperio, una vez más haciendo que facciones debilitadas por la enfermedad se enfrentaran. Historias similares se dieron una y otra vez durante la colonización de las Américas. Jared Diamond, como los lectores recordarán, escribió un libro titulado Guns, Germs, and Steel (“Armas de fuego, gérmenes y acero”). La historia de la conquista debería llamarse “armas de fuego, gérmenes y acero”.

Ancient Americans: Rewriting the History of the New World por Charles C. Mann es publicado en inglés por la editorial Granta.

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