La eterna lucha contra el apartheid: el activista sudafricano Denis Brutus

Denis Brutus, nacido en 1924 de padres sudafricanos en lo que en ese entonces era la Rodhesia Británica, conoció la fama (y la cárcel) durante la década de los sesenta en la campaña de boicot a Sudáfrica en el mundo deportivo. Activista veterano, poeta y catedrático de Estudios y Literatura Africana, Brutus continúa con su vigorosa campaña en contra de la injusticia económica. Sus blancos actuales son las corporaciones, bancos e instituciones que se benefician de lo que denomina un “sistema global de apartheid económico”. Robert Lobby tuvo recientemente el placer de discutir el pasado, el presente y el futuro con el Profesor Brutus.

¿Cómo se involucró en la lucha por la justicia?

Me crié en un área segregada, por supuesto. Estoy clasificado como persona “no-blanca” o de color, lo que expone a uno a la segregación racial desde temprana edad, y recuerdo que esto era en la década de los veinte y los treinta que es cuando estaba creciendo. Pero siempre señalo que dentro del seno de una comunidad uno está protegido de la clase de racismo crudo que uno experimentaría fuera de la misma. Fuimos una de las primeras creaciones de lo que se llamó política de segregación, que después de 1948, claro, pasó a llamarse apartheid, cuando asumió el poder el gobierno del apartheid. En las décadas de los veinte y los treinta existía una clase de racismo colonial muy parecido al que se daba en el sur de Estados Unidos, donde había escuelas e iglesias separadas para blancos y negros. En Sudáfrica terminaron con oficinas de correos con entradas separadas para blancos y negros o, como se decía entonces, para “blancos y no-blancos (non-white)”. Dentro de la categoría “no-blancos” existían bastantes categorías. Habían autobuses para uso exclusivo de blancos y autobuses para uso exclusivo de “no-blancos”.

A pesar de haber crecido en ese contexto no estaba particularmente consciente del mismo porque, tal como he ya mencionado, estaba protegido. Fue más tarde, cuando comencé a ir a la escuela primaria y luego a la secundaria y debí comenzar a cruzar la ciudad que me di cuenta de los signos que leían, por ejemplo, “sólo para blancos” o “sólo para no-blancos”, aunque el lenguaje utilizado era “para europeos” y “para no-Europeos”, por lo que los visitantes de Estados Unidos asumían por ejemplo que tenían que tomar los autobuses para “no-blancos”. No eran europeos: eran estadounidenses. Es una de esas confusiones que ya no revierten tanta importancia.

Una vez en la escuela secundaria, tomé cada vez más consciencia de la discriminación racial entre blancos y no-blancos en el servicio de autobús y, claro está, el servicio malo estaba brindado siempre para los no-blancos. Creo que caí en ello cuando estaba en la universidad, aunque ya lo había sabido desde el secundario. Y caí en ello de una manera muy peculiar. Asistía a una universidad negra llamada Fort Hare, que había sido antiguamente un puesto militar durante los días de las guerras coloniales contra los africanos y había estado bajo el mando de un coronel de apellido Hare. Luego las iglesias asumieron control de este puesto militar en una especie de proyecto ecuménico y fundaron en conjunto una universidad para no-blancos (negros, por ser más exactos) y heredó el nombre de Fort Hare. Una de las cosas que me llamó la atención fue que algunos de los mejores atletas del país estudiaban en Fort Hare y que su prestancia era mejor que la de cualquier atleta blanco, pero que no les estaba permitido formar parte del equipo olímpico porque el gobierno había anunciado orgulloso que nunca habría una persona negra en el equipo olímpico.

La situación se complicó un poco porque, de acuerdo a las reglas de los Juegos Olímpicos, había que seleccionar por mérito y no castigar a la gente por razones de raza, por lo que comencé a tomar parte en la política de oposición al racismo y al apartheid en un comienzo desde un ángulo esencialmente deportivo. Y ahora me causa gracia que la gente me elogie y me diga lo inteligente que fui en seleccionar el deporte como el talón de Aquiles del apartheid, pero de hecho no afronté el sistema porque pensara que era vulnerable en ese punto: sólo pensé lo injusto que era mantener a los atletas fuera del equipo por su color; es de imaginarse que terminara colisionándome con el sistema y que me excluyeran y que me arrestaran y que me dieran arresto domiciliario y me encarcelaran y que me fugara y que me pegaran un tiro en la espalda en Johannesburgo y que terminara en la isla Robben en la misma sección de la prisión que Nelson Mandela, picando piedras. Pero creo que tengo que aclarar que todo comenzó con el deporte. No quiero que me den crédito por algo que no merezco, que se piensen que soy un hombre muy inteligente que le hizo frente al apartheid por medio del deporte. No fue ése mi enfoque, mi enfoque fue: voy a hacer frente al deporte porque hay racismo en el deporte, pero en el proceso me vi envuelto en el sistema del apartheid

¿Cuáles son las lecciones que deja la caída del apartheid?

Antes que nada es necesario internacionalizar las presiones, y es útil tener blancos específicos. El equipo de rugby sudafricano creó uno para nosotros; el Banco Barclays nos habrá brindado la misma oportunidad (tienen filiales en más de 80 países). En mi visita a Gran Bretaña, organicé junto con Peter Hain (ahora miembro del gobierno de Tony Blair) una campaña muy efectiva por todas las filiales de Barclays hasta que logramos echarlos de Sudáfrica, como quizás muchos sepan. Están ahora regresando a pesar de haber sido uno de los grandes aliados del apartheid por lo que estamos organizando a la oposición. Lo importante del tema es que Barclays funciona en más de 80 países alrededor del mundo. Tenemos planeado organizar protestas en cada uno de esos 80 países porque si están globalizando la opresión, nosotros globalizaremos la resistencia.

A principios de mes me presenté en la corte de justicia en Johannesburgo oponiéndome a la absorción del banco comercial más grande de Sudáfrica, el ABSA (Amalgamated Bank of South Africa: el banco popular con el mayor número de servicios) por parte de Barclays. Quizás recuerde que Barclays fue uno de los bancos que financió el sistema del apartheid y le prestó enormes sumas de dinero incluso cuando la ONU condenaba el sistema y llamaba a boicot. La campaña todavía sigue en pie.

Con la caída del apartheid, ¿no se sintió tentado de tomar distancia de la vida pública y dejar la lucha por la justicia a otros?

Ojalá pudiera decir que sí, pero desafortunadamente regresé a Sudáfrica, principalmente por invitación de Mandela, luego de su triunfo en las elecciones. El ANC dejó de estar prohibido y estaban celebrando. Y me di cuenta que el ANC había cerrado un pacto con el poder blanco por lo que de hecho las corporaciones todavía iban a manejar el sistema. Iban a ser todavía dueñas del oro y los bancos y además iban a dirigir el comité olímpico. Estaba todo manejado por blancos, a pesar de que se hab&iac
ute;a luchado por obtener una estructura más representativa. Pero el ANC, quizás en su deseo de llegar al poder (y por supuesto muchos de ellos tenían sus acuerdos secretos) emprendió varias negociaciones. El ANC había de hecho enviado jóvenes hombres y mujeres a hacer sus prácticas laborales al Banco Mundial, por lo que queda en claro que cambiar el sistema no les interesaba tanto como cambiar quién estaba a cargo del sistema. Cuando me di cuenta de esto comprendí, verdaderamente a desgana, que la lucha no había concluido y que simplemente tendría que seguir. Cuando regresé me preguntaron en el aeropuerto: “¿cómo se siente regresar a una democracia?”, y yo les respondí: “Esperen un momento. No creo que hayamos llegado a la democracia todavía”. Obviamente esto les cayó mal, porque estaba diciendo cosas que la gente no quería que dijera.

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