Historia del miedo – Una entrevista con la catedrática Joanna Bourke

En los tiempos modernos, el alarmismo sensacionalista es obviamente ubicuo, pero los consumidores no somos sólo recipientes vacíos que aceptamos estas historias de espanto: nos creemos unas y otras no. Lo que resulta interesante es precisamente cuáles historias de miedo “encienden el botón” del miedo. Los pánicos morales sobre el abuso sexual infantil son un ejemplo. Existieron pánicos evidentes sobre el abuso sexual infantil en la década de los ochenta, entre 1947-54, y en 1980. Aún así, los periodistas publicaron historias de espanto de niños abusados sexualmente fuera de estos periodos, pero el miedo no encontró mucho eco dentro de las sociedades, lo que no llevó a un “pánico” generalizado. Dicho de otra forma, lo que resulta interesante no son tanto las noticias sensacionalistas, sino cómo y por qué este tipo de noticias son efectivas en un periodo y no en otro”.

Uno de los más famosos estallidos modernos de pánico estuvo conectado al alarmismo infundido por los medios de comunicación, originado por la parodia radiofónica La Guerra de los Mundos de Orson Welles (1938). Curiosamente, un brote de pánico similar ya había tenido lugar en 1926, cuando la cadena británica BBC emitió una obra de radio creada por un tal F. Knox. Muchos de los elementos eran los mismos: el uso falso del conocido formato de las noticias sumado a un tono de pánico creciente en la voz del presentador. Los efectos fueron similares y el pánico cundió a través de todo el Reino Unido. De todas formas, lo que llama la atención es que, al contrario de La Guerra de los Mundos, esta hubiera desaparecido de la memoria popular. Bourke comenta: “Creo que la ola de pánico que Welles causó a través de la radio ha eclipsado la que ocasionó Knox. Después de todo, más de un millón de estadounidenses se vieron afectados durante la última ola de pánico (muchos más que en 1926). De todas formas, existía además otra razón: en 1926, había un palpable sentimiento de vergüenza: todos querían olvidarse del hecho tan pronto como fuera posible. En Estados Unidos, por lo contrario, aunque se pudiera hablar sobre la vergüenza, otros grupos dentro de la sociedad se sirvieron en muchos sentidos del pánico para reafirmar su propio estatus (superior). Los sociólogos se vieron involucrados, preparando elaboradas teorías sobre la psicología de multitudes. Se dio una profesionalización del pánico en 1938 que no existía en 1926”.

La Segunda Guerra Fría

“[Los terroristas] se atreven a más, se sirven de las más terribles armas que pueda ofrecer la ciencia moderna, y el mundo se ve hoy en día amenazado por nuevas fuerzas, las cuales, si se desencadenaran imprudentemente, podrían llegar a causar la destrucción mundial” [El Miedo: Una Historia Cultural, Pág.364 de la versión inglesa].

La cita precedente no es de Donald Rumsfeld instruyéndonos sobre la naturaleza de la nueva “guerra mundial contra el terror”, sino más bien las observaciones de un agente de policía británico en 1889, en respuesta a varias “organizaciones criminales” involucradas en intentos de asesinatos políticos. El terrorismo será el foco de una nueva guerra fría, tal como argumenta Bourke en su libro, pero no resulta para nada una novedad. El miedo al terrorismo ha estado generalizado desde al menos la década de los setenta. Entre 1977 y 1978, como menciona el libro de Bourke, entre el 85 y el 90% de la población de Estados Unidos y Gran Bretaña consideraba al terrorismo como un problema muy serio.

Entre los historiadores que Bourke cita como influencias se encuentran Eric Hobsbawm (al igual que ella, de Birbeck, Universidad de Londres), y el difunto E. P. Thompson, ambos historiadores de renombre internacional quienes, según Bourke, “amalgaman el rigor intelectual con el compromiso político y el brío”. El Miedo: Una Historia Cultural contiene una parte considerable de compromiso político y brío, sin rehuir de los miedos contemporáneos. Destaca asimismo que “a pesar de que sólo diecisiete personas perdieran la vida a causa de actos terroristas en Estados Unidos entre 1980 y 1985, el periódico New York Times publicó un promedio de cuatro artículos sobre el terrorismo en cada edición. Entre 1989 y 1992, sólo treinta y cuatro estadounidenses murieron como consecuencia de actos terroristas en el mundo, pero más de 1300 libros fueron catalogados bajo el rubro de “Terroristas” o “Terrorismo” en las bibliotecas estadounidenses” [Pág.365 de la edición inglesa].

Uno de los efectos primordiales del 11 de septiembre es que le ha concedido una cara paradójicamente tranquilizadora a este miedo. Como dice Bourke: “Con el ataque del 9/11 se sintió alivio con el hecho de que, finalmente, el enemigo pudiera ser definido como“de afuera”. Ya no se trataba de la CIA (como en el caso de la conspiración contra Kennedy) o estadounidenses locos (como en el caso del bombardeo del Edificio Federal Murrah en Ok
lahoma City), sino de “fundamentalistas” islámicos extranjeros. Si bien había gran inquietud con respecto a la habilidad con la cual estos terroristas eran capaces de asimilarse en la región central de Estados Unidos, el alivio que se sintió a causa de que fueran tan diferentes quedó en claro. Ya se podía identificar al enemigo: era “el Musulmán”.

A pesar de los atentados tan horrendos y reales del 9/11, ¿piensa que nuestra cultura, la de occidente industrializado, necesita un enemigo? Bourke responde: “Una de las respuestas más interesantes al miedo es la de buscar el chivo expiatorio. En el libro, distingo entre dos tipos de miedo: el miedo propiamente dicho, y la inquietud. En el primer caso, el enemigo está claramente identificado y el individuo puede reaccionar luchando o huyendo; en el segundo, la inquietud fluye libremente y es difícil definir el enemigo. Lo importante de esta definición es que en los estadios del miedo, la gente tiende a acurrucarse: forman organizaciones para luchar contra el enemigo o bien crean comunidades a manera de protección. Durante los estadios de la inquietud, por lo contrario, los individuos tienden a buscar amparo en lugares privados: no se sienten capaces de comunicarse o de conversar con los demás, tienden a refugiarse en sus propias casas, por ejemplo, donde miran películas violentas y dramas que los asustan aún más del mundo exterior”.

Bourke continúa: “Estas reacciones denotan una clara dimensión política. Dicho de otra forma, lo que el “miedo” significa para un individuo o grupo puede traducirse en “inquietud” para otro. La diferencia entre los dos estadios está definida por los estímulos, aunque una amenaza “inmediata y objetiva” para un grupo puede ser una amenaza “prevista y subjetiva” para otro grupo. De hecho, visto que una reacción normal a la amenaza es buscar el chivo expiatorio, se podría sostener que la única diferencia entre un “miedo” y una “inquietud” es la capacidad de los individuos o grupos de creerse capaces de evaluar un riesgo o identificar un (supuesto) enemigo. Expresado de otra manera, la diferencia está en la capacidad de exteriorizar una amenaza, lográndose de esta manera un sentido de invulnerabilidad personal. La diferencia entre el miedo y la inquietud oscila además alocadamente. La inquietud se convierte fácilmente en miedo, y viceversa. Los procesos de identificar al enemigo por el nombre (sin importar si éste es convincente o no) pueden disipar la incertidumbre causada por la inquietud en un santiamén, convirtiéndola en miedo. Buscar un chivo expiatorio, por ejemplo, permite a un grupo convertir una inquietud en miedo, y de esta manera ejercer influencias sobre las inclinaciones electorales de un grupo “externo”.

Las implicaciones de esta división entre el miedo y la inquietud no son para menospreciar. Bourke explica que “Si la inquietud puede convertirse en miedo y así proporcionar un enemigo contra el cual luchar, el miedo puede, de forma similar, convertirse en inquietud. Existen razones históricas de gran peso que justifican las razones que ciertos grupos tuvieron para transformar sus miedos en inquietudes. El poder de las instituciones en particular, y de sus diversos tratados, dependía de ello. No es casualidad que la palabra “inquietud” [anxiety, en inglés] se pusiera más de moda con el transcurso del siglo XX, en parte debido a la disminución de las amenazas externas sobre la existencia individual por parte de los británicos y los estadounidenses de ese periodo, sino también debido a la conversión del miedo en inquietud logrado por medio de la revolución terapéutica. Mientras que en el pasado el individuo asustado podía buscar consejo y consuelo en su comunidad o institución religiosa (un proceso que a menudo significaba la definición del “otro” maléfico) con el pasar del siglo esta emoción se fue individualizando cada vez más, se convirtió en propiedad del terapeuta o, de una forma más solitaria, se transformó en el movimiento contemporáneo de “autoayuda”. La interpretación moderna del “yo” individual “dentro” del cuerpo y accesible a las confesiones psicoterapéuticas establece un orden de prioridades con respecto al lenguaje de la inquietud. A consecuencia de esto, los niveles de inquietud deben haber sido más elevados en Estados Unidos a finales del siglo XX, debido a una mayor resonancia cultural proporcionada por la terapia psicológica en ese país, pero también porque una estructura de clase mucho más afianzada sirvió para diluir algunas de las formas de la inquietud causada por el estatus”.

Hemos presenciado, en particular durante los últimos cuatro años, cómo los gobiernos estadounidense y británico han puesto un arnés al miedo. Le preguntamos a Bourke si está de acuerdo con la contenciosa sugerencia de que ambos países poseen una cultura política que promueve y pone freno al miedo, más allá de lo que han llegado las otras naciones. ¿Existe algún vínculo entre la cultura política del miedo y del poder? “No estoy tan segura si las culturas políticas del Reino Unido y de EE.UU. promueven el miedo más que las otras naciones: considérense la Alemana nazi o bien la misma Corea del Norte de hoy en día. De todas formas, no cabe duda que la política del miedo se ha convertido en un rasgo dominante de nuestros gobiernos durante los últimos años: parece incluso haberse convertido en el punto central del arte de gobernar. De todas formas los gobiernos deben mostrar cautela con respecto al uso de la política del miedo en este sentido: a menos que estén dispuestos a utilizar considerable fuerza contra su propio pueblo (lo que no es el caso), más que a largo plazo, la política del miedo resulta más efectiva a corto o mediano plazo. Dentro del marco de las sociedades democráticas, los individuos simplemente no pueden vivir bajo la opresión constante causada por el miedo”.

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