Historia del miedo – Una entrevista con la catedrática Joanna Bourke

Bourke continúa: “Distinguir entre el miedo y las demás emociones es algo incierto, una cuestión difícil. ¿En qué se diferencia el miedo del temor, la consternación o la sorpresa? El enojo, el disgusto, el odio y el horror contienen todos elementos del miedo. Se pueden entender los celos como miedo a perder a la pareja de uno, los sentimientos de culpa como miedo al castigo de Dios; la vergüenza como miedo a la humillación. Una historia de miedo no resultaría nunca indomable si todos los estados emocionales negativos fueran clasificados como “verdaderos” estados de miedo. Mi solución ha sido por lo tanto afirmar que cada vez que alguien en el pasado empleaba una “palabra relacionada con el miedo” (es decir: asustado, temeroso, aterrorizado, etc.), se refería al miedo. Las preguntas esenciales son: ¿cómo se utilizaba la palabra “miedo” en ese contexto cultural? Y ¿cuáles eran las normas sociales en cuanto a la expresión del miedo?”.

Temer Es Humano

El miedo es una emoción humana, pero culturalmente, tal como podría esperarse si se fija uno en la historia, su definición y aceptación por parte de la sociedad ha sido diferente dependiendo del sexo de la persona que lo viviera. Bourke señala que “los estereotipos del sexo relacionados al miedo (así como a todas las emociones) están aún firmemente afianzados. Uno de los descubrimientos que hice mientras escribía el libro fue que los hombres y las mujeres tenían la tendencia a reaccionar de maneras muy diferentes a la pregunta “¿cuáles son las cosas que te infunden miedo?” o “¿qué cosas te asustan?”. Lo más predecible era que los hombres respondieran con frases similares a “Le tengo miedo a…” (es decir, “Me da miedo volar, le tengo miedo a las arañas, temo a la muerte”). Por lo contrario, las mujeres eran más propensas a responder con frases como “Temo por…” (por ejemplo: “Temo por mis hijos, mi marido, los pobres en África”)”.

La manera por la cual los sexos tradicionalmente tratan con el miedo ha sido diferente, y a la vez reveladora. Mientras investigaba los efectos físicos del miedo, Bourke encontró un fascinante estudio de la Segunda Guerra Mundial, Psychiatric Casualties in a Women´s Service [“Víctimas psiquiátricas en un batallón femenino”], el que contrarrestaba los estereotipos tradicionales que sugerían que los hombres dominaban mejor el miedo: “Las mujeres en las Fuerzas Aéreas durante la Segunda Guerra Mundial estaban menos propensas a sufrir desórdenes histéricos porque eran precisamente emocionalmente mucho más expresivas. Debido a que mostraban sus miedos más abiertamente y hablaban sobre ellos, sentían menos necesidad de “ocultar” el miedo detrás de síntomas físicos. Tal como un investigador redactara en 1945: “las emociones femeninas, reconocidas y permitidas socialmente, dan lugar a la expresión más directa de las dificultades emocionales y adaptativas, y esto vuelve superfluos los síntomas físicos inoportunos y prolongados. Los hombres, por otra parte, se someten a un código social y emocional más severo. Tienen, por lo tanto, mayor necesidad de mantener la autoestima por medio de la formación de una careta o un mecanismo de escape”.

En particular un tipo de miedo, experimentado predominantemente por las mujeres, será el tema principal del próximo libro de Bourke: la historia de las violaciones. “Una de las partes del libro del Miedo analiza el miedo al crimen y, en particular, el miedo que la mayoría de las mujeres tiene de ser violadas. La resistencia mostrada por tantas víctimas de violaciones me animó enormemente, así como las maneras creativas que utilizaban para asegurarse de que el perpetrador no fuera a “salirse con la suya”. Me llamó la atención la relativa ausencia de investigación académica seria sobre las violaciones y los violadores. Aún sabemos muy poco sobre estos “Otros” peligrosos. Nuestra ignorancia está basada en el miedo. Todo el tema de agresión sexual está caracterizado por una profunda inquietud sobre hablar honestamente sobre las complejidades de nuestra propia sexualidad y la de los demás. Esto no es tan sólo “políticamente correcto”, pero un horror muy válido de justificar a los perpetradores por sus actos traumatizantes y aborrecibles”.

“Como resultado de esto” continúa “de todas formas, se tiende a realizar serios debates en periódicos profesionales muy especializados, frecuentemente asociados con la política penal o la gerencia psiquiátrica. El público general inteligente se ve expuesto a los debates en tres foros principales: el primero son los relatos sensacionalistas de las primeras páginas de nuestros periódicos; la segunda fuente de conocimiento con respecto a los violadores está radicada en la ciencia popular: durante los últimos años, la misma ha estado dominada por los argumentos injustos por parte de los psicólogos evolucionistas, tales como R. Thornhill y C.T. Palmer. De acuerdo a su libro, A Natural History of Rape: Biological Bases of Sexual Coercion (2000) [“Una historia natural de la violación sexual: las bases biológicas del abuso sexual”, 2000], la violación es un mecanismo heredado que aumentaba el éxito reproductor de nuestros ancestros. Es una discusión que amenaza con absolver a los violadores de sus actos a la vez que trivializa la acción en sí. La fuente final desencadena directamente de la polémica feminista de las décadas de los 70 y 80. Mientras que la investigación feminista es generalmente una de las ramas de análisis más vivaces y sofisticadas, y de la cual obtengo toda la información para mi obra, a la hora de examinar lo que debe estar clasificado como uno de los miedos más significantes experimentados por las mujeres de hoy en día (el abuso sexual), se encuentra muy influenciado por las acusaciones infundadas en contra de los “hombres”, ya sea porque violan, fantasean con violar, o se benefician con la cultura
del abuso sexual. Incluso los que escriben y desean guardar distancia de los discursos esencialistas hostiles a los hombres y que insisten que el cuerpo masculino se encuentra intrínsicamente preparado para violar, sienten que es todavía necesario dedicar espacio considerable a los argumentos de Sheila Brownmiller o Andrea Dworkin”.

La publicación del libro está programada para 2006, y pondrá, así espera, “a estos violadores en su contexto histórico. Es importante destacar que esto constituye una historia de los violadores en Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia en el siglo XIX. El énfasis en sus historias desnaturaliza los actos de violencia sexual y nos permite ver maneras de comprender y tratar con actos violentos que compiten entre ellas. A pesar de que las historias relatadas por perpetradores de violencia sexual masculinos y femeninos pueden resultar dolorosas de leer, y muchas veces incluso vergonzosas y espantosas de contemplar, es todavía importante escuchar la voz de los violadores, buscar su historia, si queremos imaginarnos un mundo libre de violencia sexual no deseada”.

El Alarmismo: los Medios de Comunicación y el Uso del Miedo

Mientras que Bourke no dedica ningún capítulo específico al análisis del papel que los medios de comunicación desempeñaron en la creación de ya sea el miedo o la inquietud, sigue siendo protagonista en gran parte del libro. Bourke está de acuerdo con que “una parte del libro trata sobre el papel que los medios de comunicación han desempeñado en incitar miedos, aunque a menudo no preciso que el elemento causal son los mismos medios de comunicación (por ejemplo, en mi sección sobre el pánico por el SIDA, fueron los periódicos los que echaron leña al carbón). Debemos recordar, sin embargo, que los medios de comunicación no han sido siempre la fuente principal de pánico. En realidad comenzó a hacerlo a diestra y a siniestra después de 1885, con el artículo periodístico de Stead titulado Maiden Tribute of Modern Babilon[(Primer Tributo a Babilonia Moderna], que es el primer ejemplo de pánico moral sobre abuso sexual infantil que crearon las historias periodísticas.

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