Friki. ¿Paria o héroe del siglo XXI…?

Friki: extraño, fenómeno, insensato, monstruo…, tantas son las acepciones que convienen implícitas en este ambiguo anglicismo (vocablo de origen inglés adaptado al español, en cuyo entorno lingüístico permanece vivo y por tanto susceptible a mutaciones), como extensa y heterogénea es la lista de personajes a quienes se ha aplicado este calificativo. Si bien la historia del término es larga en su origen remontándose a los espectáculos de ferias ambulantes, el recorrido del fenómeno social que ha bautizado ha sido más reciente, cuestión que nos interesa tratar en este artículo, pues su desarrollo está ligado al de los medios de comunicación (los “mass media”, concretamente, otro anglicismo del que proviene el prólijo término “mediático”).
 
Y es que a pesar de las denodadas y honrosas acciones pedagógicas emprendidas por las numerosas comunidades de frikis, auto-reconocidos como aficionados o coleccionistas, por mantener la legítima dignidad de una actividad lúdica, éstas se han visto disueltas en la vocativa inmediatez que de sus mayores extravagancias (habría que distinguir estratos sociales también dentro del frikismo) pronto los medios hicieron relación en el uso del término.
 
Así, resulta que hoy un friki poco tiene que ver con un aficionado a la historia por ejemplo, a no ser que lo observáramos disfrazado de Napoleón paseándose despreocupado de la mirada ajena por Gran Vía, una mañana de un domingo cualquiera. ¿O no tan despreocupado?.
 
El disfraz, sin ser el único, como máscara de un carnaval, es uno de los recursos que con mayor frecuencia emplea el friki para manifestarse, atendiendo a distintos motivos de celebración (domésticos, festivos o profesionales), pero siempre y en toda liturgia participando de un común sentido del humor, de apariencia naif, donde el absurdo afila la mística de la trascendencia. Y es que dentro de una sociedad donde el espíritu vaga perdido bajo un cielo yermo tras el crepúsculo de los dioses, síntoma de ello es la creciente securalización de occidente tanto como el fanatismo más sectario, parece que el humor, de nuevo, se ha convertido en el único recurso que le queda al ser humano para enfrentarse a la fatalidad del incierto destino que la historia le depara, como ya nos mostrara Foucault en su arqueología de la locura:
  
“El ser humano de la época enfrentado a una muerte presente por todas partes como una furia ingobernable, no encontraba en la existencia mas que el vacío de la pérdida, la ausencia de la vida y el hueco originado por su frustración e ignorancia, la existencia no era nada más que fatuidad, vanas palabras, ruido de cascabeles. Dentro de este contexto, el hombre adopta a finales de siglo, una actitud satírica frente a el horror delante de los límites absolutos de la muerte; se le desarma por adelantado; se le vuelve risible; dándole una forma cotidiana y domesticada, diseminándolo en los vicios, en los defectos y en los aspectos ridículos de cada uno. Y es en la risa insensata del loco que se ríe por adelantado de la risa macabra de la muerte, donde mejor se manifiesta esta victoria.”
 
Y es precisamente esa dualidad en que el término friki ha sido pervertido, entre el hombre ocioso y el insensato, donde se desarrolla no tan sólo el fenómeno social y mediático, sino la tensión propia del hombre de esta etapa que se inicia con el nuevo siglo. La esquizofrenia entre la realidad propia y la que genera la opinión general, inevitablemente influye en el modo en que nosotros percibimos y gestionamos a su vez la nuestra. Así resulta que la mirada del otro, sobredimensionada a través de los medios de comunicación, disgrega el principio de realidad colectivo de la conciencia individual, favoreciendo el suceso de la rareza, y convirtiendo al raro en loco. Algo que podemos apreciar fácilmente en el friki.
 
Al observar a un individuo o a un grupo de individuos disfrazados de Napoleón, la primera cuestión que nos asalta, tras la sorpresa inicial, es conocer el motivo, el porqué.
La respuesta, que surge de la inmediatez, nos permite reflexionar sobre la naturaleza misma del frikismo, pues al mirar al friki no observamos la vocación de expresar mediante lenguaje alguno, idea o emoción, algo propio del arte; ni entendemos en el disfraz la manifestación de una moda, ya que el disfraz desaparecería y con él la rareza del fenómeno; ni podemos reconocer en la conducta de este extravagante personaje, reivindicación, ni causa, más que el propio divertimento y sin embargo parece haber algo de cada una de estas expresiones, tan vigentes en el siglo XX, integradas y propuestas en el friki, pero con la notable ausencia de un código o razón que soporte la convención (es decir, el varón occidental de mediana edad y estatus medio, el hombre normal).
 
Así pues el hecho friki, se presenta ante nosotros sin motivo aparente, como una exhibición espontánea de la naturaleza, donde la curiosidad, sea más o menos antropológica o morbosa, nos invitará seductora a intentar comprender lo que está sucediendo, quién es este extraño y por qué actúa de este modo.
Lo más común ante un hecho tan vulgar, como un hombre disfrazado, sin más razón, en principio, que su propia insensatez, nada sorprendente para una persona adulta, y menos hoy día, sea reaccionar con humor, ya que a pesar de las variadas interpretaciones que de la extravagancia de este insensato pudiésemos colegir, ninguna resultaría bastante satisfactoria como para eludir la inseguridad que produce la posibilidad de poder contemplarnos en la misma situación, bajo nuestra propia mirada.
Y es entonces en el humor, desahuciada la moral de mostrador, la confortable opinión, el juicio de la memoria aprendida, donde aparece el hombre, y en esa humanidad compartida, en ese lenguaje íntimo que rastrea las diferencias que nos igualan, en esas pequeñas inmensidades de lo cotidiano, tan obscenas, que nos hacen sonreír cómplices de nosotros mismos, donde se edifica el frikismo.
 
Todos somos raros de una manera u otra, es lo que nos hace especiales. Todos escondemos alguna rareza, pero no todos podemos jactarnos en llamarnos frikis, pues ello requiere una prueba de valor que venza esa delgada línea tan vulnerable en nuestra intimidad que separa el orgullo del ridículo. Podríamos decir pues que el frikismo se ha convertido en una suerte de revolución social (cuya morfología resulta en extremo heterogénea, anárquica y multidisciplinar), antimediática, renovada contracultura en la que, sin atender a dogma ni patrón, parece haberse planteado una nueva relación de fuerzas, donde el individuo, cuya generación se encuentra vinculada directamente al desarrollo de los medios de comunicación, se rebela contra el monopolio de la empresa y sus políticas de imagen  para generar modelos masivos de opinión que domesticar bajo el infalible gobierno de las leyes de la mercadotecnia.
 
Así el friki, el raro, acepta su rareza y la exhibe. La hace pública sin pudor, libre de moral ni formalismos que lo aten (en dinámica renovación), empleando el propio mecanismo que intenta reprimirlo, rompiendo el rol de sumisión impuesto por la opinión pública.
 
No es entonces de extrañar que susciten a menudo tanta simpatía, algo impensable dado su grado de extravagancia en ocasiones, lo que fácilmente daría en llevar, bajo otro cielo, al patetismo de la compasión más moralista, y eso debido a la firmeza intacta con la que mantienen su dignidad, aferrada en todo momento a su rareza propia e individual, compartida de forma colectiva, a la que no renuncian como si de un principio se tratara.
 
 
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