El retrato de una Italia que no nos gusta, la sagrada hambre del oro. El retorno a casa de Enrico Metz

 
 

“Aún no siendo testigos ni participantes de ningún 25 de abril u 8 de septiembre; aunque los ideales por los que combatíamos las mejores mentes de nuestra generación eran un contrato a tiempo indeterminado y la normalidad de los ciclos  circadianos; aunque hubiéramos recordado voluntariamente los nombres de aquellos ministros que cada noche pronunciaban equivocadamente el inglés en televisión, las adicciones a dos cifras, los mínimos conocimientos de geografía e historia reciente; aún más: aunque el contexto invitase al rechazo absoluto o a  la narcolepsia; teníamos una responsabilidad: contar ese momento”.

 

Declaraciones que hemos rescatado de una antología literaria publicada hace algún tiempo por Mínimum Fax. Se titulaba La qualità dell’aria. Storie di questo tempo (La cualidad del aire. Historias de este tiempo) y recogía los humores, las visiones, las reacciones de veinte escritores de nuestro tiempo devastado y vil. Han pasado dos larguísimos años desde aquel manifiesto, y el aire que respiramos está aún saturado de polvos sutiles y sofocantes; pero si hay un elemento nuevo y reconfortante en la situación, es en el hecho de que escritores pertenecientes a generaciones, geografías y compañías editoriales diferentes renuncian a contar sólo sobre sí mismos, y las historias minimalistas aquí se han convertido en rutina para dar paso en su lugar a escándalos financieros, avidez de poder, compañías en mano de dirigentes sin escrúpulos y corruptos, mediocridad triunfante al poder. En suma, el retrato de una Italia que no nos gusta para nada pero con la cual nos vemos obligados a convivir, y que los libros de Piersanti y Aloia nos cuentan sin piedad, aunque con estilo y contextos diferentes.

 

En el caso de Piersanti, quinta del 1954, autor de espléndidas historias íntimas como L’amore degli adulti e Luisa e il silenzio (El amor de los adultos y Luisa y el silencio), el poder que se cansa de sí mismo y se retira a la vida privada (no sin antes ser engañado por la policía y la magistratura) está encarnado en la figura de Enrico Metz, abogado cincuentón que tras haber pasado media vida en Milán como asesor legal de un rico industrial, se retira de su papel público para volver a la casa paterna en el campo. El paso de lo grande a lo pequeño, de la gran ciudad al pueblo, de los santuarios financieros al bufete legal en una habitación de la vivienda, es todo menos indoloro, sobre todo por el cargo de lamentos que ha de soportar. Como Metz es un héroe de novela, su exilio no muestra la nostalgia por el poder, el dinero, los beneficios materiales o la visibilidad mediática, sino que es en lugar de eso, una especie de pausa (definitiva) de una  alocada salida de la Monópoli, necesaria para hacer dolorosos cálculos: el dinero y el éxito son constantes (tanto para él como para toda una generación de jefes y políticos) no sólo terroríficos compromisos morales, corrupción y comportamientos sin escrúpulos, sino también renuncia a la propia vida interior, al propio papel de padre (Metz se da cuenta de no haber visto crecer a sus dos gemelos que son ya adultos, concentrados ellos mismos en sus prometidas y alejadísimos por motivos laborales), a la amistad, e incluso a la vida matrimonial, reducida a una convivencia entre dos extraños. Comenzando de cosas simples y banales para reconciliarse con los años perdidos (para decirlo de algún modo, con los Afterhours), a los cincuenta años Metz puede finalmente concederse una tregua, pasear por la pequeña ciudad sin ser reconocido, pararse frente a un escaparate “como un soldado que regresara tras una guerra en tierras lejanas. Y como un soldado no quería pensar más en las batallas combatidas, en las desilusiones, en los éxitos,  en las ardientes derrotas… Ya no era un dirigente, era por fin libre”.

 

La novela se desarrolla narrando la progresiva reinserción del abogado en su ciudad natal, entre amigos reencontrados, una secretaria demasiado maternal, una joven muchacha en flor que le hace perder el sueño y una casa que le recuerda los años más bellos. Piersanti es buenísimo alternando momentos de impresionante melancolía (el protagonista envejece velozmente tanto por dentro como por fuera, incluso solicitando, si fuera posible, su propia decadencia) con otros de total cinismo, en los cuales resurge el papel público del personaje y la mezquindad al que está unido: por ejemplo cuando, en vista de las elecciones, los peces gordos locales pretenden meterlo en política aprovechando su nombre todavía limpio de sospechas y cargos judiciarios. Cuando Metz rechaza la oferta, su injuria viene pagada con el envío de la policía a casa, en símbolo de una persecución humana y fiscal que es el precio a pagar para quien no respeta las reglas del juego…

 

Otra ambientación, pero la misma mirada intensa y piadosa a nuestra realidad, se encuentra en las cuatro narraciones que componen Sacra fame dell’oro (La Sagrada Hambre del Oro) de Ernesto Aloia, situadas en años diversos de nuestra historia reciente. La situazione(La Situación)  esta ambientada en el Turín del 1973, en los tiempos de los despidos en masa de la  FIAT y de los terroristas que secuestraban a los dirigentes para llevarlos a la cárcel del pueblo. Las dos narraciones centrales hablan de muchachillos que sufren y ejercen la violencia (física pero también sobre todo psicológica) en dos Italias diversas: la del 1954, todavía muy pobre y en Lambretta, y la del 1969, cuando muchos tenían la segunda casa en Cortina, Antibes o Portofino y muchos otros se afanaban en ostentar una riqueza que no tenían. La última historia, la más envolvente según el escritor, se titula Locuste (Langostas), y está ambientada en los tiempos del crac argentino y de los iPod. Como en Enrico Metz, también aquí hay un protagonista en crisis de conciencia que debe espiar algo, y una mujer bien pensada que vive en una especie de parque de atracciones al precio de cualquier escrúpulo pasajero. Ángela (pura tanto de nombre como de espíritu) lee el Manifesto(Manifiesto) y Le monde diplomatique (El mundo diplomático), odia el liberalismo, América, Israel y las multinacionales y hace la compra en los locales de comercio igualitario y solidario, pero mientras tanto vive en una casa con dos palmeras y una magnolia en el jardín. Tienen “diez habitaciones, una bañera de hidromasaje, dos Volvos, un sistema reproductor cinematográfico en casa aparte de otras dos pantallas de plasma. Tienen también una casa en Cortina, un Manet presuntamente auténtico, tres Mac portátiles, dos instalaciones de estéreo, una tonelada de ropa, una sirvienta a jornada completa, dos seguros de vida, dos planes de ahorro una buena cantidad de fondos luxemburgueses”. ¿De dónde llega todo este dinero? Del trabajo del marido, que  ‘cuida’ las relaciones externas de un banco sometiéndose a comportamientos ilícitos y fraudes dobles y triples en perjuicio de los cuentarrentistas, l
legando a poder ser candidato al premio Nóbel al ingenio.

 

El plan del banco para especular a costa de los clientes que acaban casi en pelotas es diabólicamente plausible, y Aloia lo describe con precisión suiza. Pero lo que el autor subraya con la misma habilidad es la sed de dinero, el egoísmo y el instinto competitivo universal que gobiernan jóvenes y ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción: desde Ángela, alma cándida mencionada anteriormente, hasta los cuentarrentistas que han creído poder ganar el 12% anual de los bonos argentinos, desde el empleado del banco (que se dedica con entusiasmo al confeccionamiento de los fraudes) al amigo médico, que en el curso de 48 horas renuncia a su comisión con Médicos sin Fronteras para seguir con la mujer que acaba de conocer.

 

Si hay una vía de escape de este túnel maléfico y bañado de buenas intenciones, aún no la hemos encontrado. Quizás no queda otra alternativa que convivir, y leer libros como éste para ‘entrenar’ (al menos de vez en cuando) nuestra conciencia atontada por la televisión, las revistas y la publicidad.

 

Sacra fame dell’oro (La sagrada hambre del oro), de Ernesto Aloia – Minimum Fax, pp. 179.
Il ritorno a casa di Enrico Metz (El retorno a casa de Enrico Metz), de Claudio Piersanti – Feltrinelli, pp. 205.

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