El relato de Vita y el Día perfecto: una entrevista con Melania G. Mazzucco

¿Hay algún personaje de Un día perfecto al cual le tenga más afecto, y por qué? (el mío, por tener un destino similar (trabajadora precaria) y por su fuerza de carácter, es el de Emma).

Esta es una pregunta que un narrador no podrá nunca dar una respuesta inequívoca. Nos quebramos en millones de fragmentos, como un espejo roto. Estamos por todas partes: en la torre de los suburbios, en el vagón del metro, en el gimnasio durante el partido, en la cárcel, con los policías. No somos de ninguna parte: ninguno de los personajes nos representa o nos cansa. Una vez dije que los escritores son como los pintores del Renacimiento: se representan en un personaje marginal, no en los protagonistas (son, por dar un ejemplo, el pastor en el pesebre, nunca los Reyes Magos). El autorretrato de un pintor se encuentra a menudo en un espectador colocado a un lado de la escena principal, que la mira como nosotros. Y está ahí justamente por esta razón.

Adoro a Emma, porque quería escribir sobre este personaje hace años, y finalmente lo logré. Pero también Camilla que habla con los mosquitos, o el profesor joven que sueña con dejar la escuela y escribir una novela. Y todos los demás. Al final, sin embargo, si debo decir dónde estoy realmente, diría que con el joven agente de policía que sigue a Valentina en la ambulancia. Es él el espectador y el narrador de esta historia, es el testigo: es él el que ve por todos nosotros.

Después de Un día perfecto he leído Vita apasionadamente, que anteriormente había dejado de lado porque su tapa era poco atractiva y tenía además un título igualmente “duro”. Naturalmente me ha encantado, porque he encontrado además tras los nombres y las listas de inmigrantes el lugar de nacimiento de Gioiosa Jonica. Es extraño decirlo, pero fue una bella sorpresa. Me gustaría preguntarle en qué puntos de la novela se puede hablar de reconstrucción histórica y en cu&
aacute;les interviene su imaginación, y si en el proceso de invención le ha condicionado alguna vez el hecho de que estaba hablando de su propia familia y no de personajes literarios.

Quizás alguno de los lectores haya encontrado en aquellas listas el nombre de su abuela, o de su padre… He dejado los documentos en crudo, sin refinar, dentro de la novela, porque Vita es una epopeya colectiva, y me pareció imperativo recordar (aunque sea sólo con un nombre) aquellas vidas marginales y perdidas. Por la misma razón, quise escribir sobre mi propio abuelo y de la mujer que había amado. Ellos dos representaban tantos millones de italianos. Y la historia de mi familia no es sólo mía, es nuestra. La novela unifica y otorga los mismos valores a la realidad de los hechos (que recuperé por medio de la investigación, de las entrevistas a testigos, etcétera) y de la leyenda (en historias que han sido transmitidas de generación en generación, y que yo a mi vez he recreado). Vita es una novela sobre la memoria, nacida de la memoria: la mía, la de mi familia, la de un pueblo entero. La memoria inventa, distorsiona, crea y locamente libera, y es eso lo que me ha pasado también a mí. A veces he aceptado la leyenda, porque me pareció que eso que uno quiere hacer creer de haber visto es más importante que eso que uno ha realmente visto. A veces he seguido obstinadamente la verdad, porque la mentira escondía una trasgresión rechazada, denunciaba una censura, una violencia social, etc. He cambiado, a veces, nombres y fechas, trasladando hechos vividos por un personaje a otro. Así y todo, las líneas generales de la historia (la pensión, el tío, los amigos, el gángster, New York y Ohio, los ferrocarriles, la traición, etc) todo esto son sucesos reales. Aunque, tal como me ha enseñado mi padre, “sólo lo que se cuenta es verdadero”.

Vita será pronto llevada a la gran pantalla bajo la dirección de Paolo Virzì. ¿Qué expectativas ha respetado de su “creación”? ¿Ha querido participar en la escritura del guión o se fía ciegamente de la transposición que realizará el director de cine?No he participado en el guión de Vita. Les tengo mucho respeto a los escenógrafos que han trabajado arduamente (entre ellos está el maestro del cine italiano Furio Scarpelli). Me gustaría que Vita resultara una película como aquellas que han sido escritas y que a todo el mundo le han gustado, películas que han logrado hacer reír para no hacer llorar, narrando historias serias y trágicas a la vez, en un mundo despreocupado, que narren historias de italianos como nosotros. Pienso en películas como La grande guerra, Tutti a casa, C'eravamo tanto amati, y muchas más. Le tengo además mucho respeto a Paolo Virzì, que ha buscado renovar la lección de Monicelli, Scola, Comencini. Creo que la película debe convertirse en su creación: se debe apropiar completamente de Vita, debe adoptarla, hacerla crecer, convertirla en otra cosa, y reescribirla sobre la pantalla, porque de esto se trata el cine.

Uno de los defectos que generalmente se les reprocha a los escritores de su generación de “mirarse el ombligo”, de limitarse a escribir sólo sobre aquello que conocen, sin experimentar en territorio nuevo. En este sentido Ud. es profundamente atípica a comparación con sus contemporáneos. ¿Por qué? ¿En qué ambiente se crió, cuáles fueron los modelos de referencia?

Crecí en un grupo familiar tradicional y singular. Mi padre (Roberto Mazzucco) era comediógrafo. En la década de los setenta fue socio de un pequeño cabaret alternativo en Trastevere, en el cual se dedicaba a la sátira, y también a la política. Escribía además para la radio y la televisión (su guión más famoso se llamaba Lo scandalo della Banca Romana, y reconstruía un escándalo del siglo XVIII que predecía los eventos de Tangentopoli, o los escándalos bancarios de hoy en día). En nuestra casa sólo habían libros, clavos oxidados y piedras. La biblioteca estaba llena de trabajos históricos sobre la anarquía y la revolución rusa, biografías de escritores y textos teatrales del siglo XVIII, historietas de la década del treinta y volúmenes de poesía. Mis padres tenían amigos actores y psiquiatras, directores de cine y pintores: me fascinaban sus conversaciones, las encontraba más interesantes que las de la gente de mi propia edad, entre los cuales, hasta que llegué a los veinte años, me había sentido siempre fuera de lugar. Tuve el privilegio de poder curiosear entre los estantes desde pequeña, de poder agarrar los libros prohibidos de Sade o de pornografía oscura del siglo XVII en el infierno privado de nuestra biblioteca, de escoger entre Dostoevskij o Belli, Freíd o Rostovzev… de moverme con libertad en la biblioteca universal. El teatro ha sido parte de mi infancia: pero no he jamás pensado en estar en el palco como autora. He trabajado de aparte, escondida en la platea: he aprendido como nace un espectáculo, cómo se construye un texto, cómo suenan las palabras. Creo que todo esto me ha influenciado más que mis subsiguientes estudios en cine y literatura. He viajado mucho, he conocido y me he asociado con personas de todo tipo. Nunca me he mirado el ombligo… quizás porque sabía que no era un diamante. Narrar historias era lo que quería hacer. Soñaba con ponerme un anillo que me hiciera invisible, para poder ver todo y poder narrar cada cosa mejor.

¿Piensa que existe una escritura “femenina”, o cree en vez que la literatura no tiene género?

Me disculpará si no puedo responder esta “enorme” pregunta en pocas líneas. Puedo decir solamente que la literatura del día de hoy tiene una ventaja enorme con respecto a la de ayer: la mayor parte de los clásicos fueron escritos por hombres, y la literatura del siglo XVIII y XIX se basa en su percepción del mundo. Hoy, al contrario, una mujer puede leer clásicos escritos por mujeres (pienso en Wolf, Yourcenar, Morante, etc), y conocer el mundo a través de los ojos de una mujer. Esto es un enorme cambio, aún si muchos críticos literarios y muchas historias de la literatura no se hayan dado cuenta de esto.

En Estados Unidos las escuelas de escritores son ya una institución, muchos escritores dicen lograr producir sólo trabajando de nueve a cinco día a día. En resumen, al parecer la literatura es una profesión como cualquier otra, basta con tener método y constancia… ¿Es lo que cree Ud. también, o es que la idea romántica del escritor que escribe sólo y cuando tiene la inspiración y el fuego adentro es aún justificable?

La escritura no es una profesión como las otras, de lo contrario bastaría seguir un curso para “graduarse” de escritor. Yo no he jamás creído en las escuelas, y he terminado siempre fastidiándome al visitarlas. Me considero, por sobre todo, una autodidacta. De todas formas es necesario aclarar que la escritura es un trabajo, y que requiere empeño, y que cansa. Ningún escritor se sienta al ordenador y escribe su novela, o sus versos, improvisando. La escritura es el trabajo de un día para encontrar una sola palabra, de un mes para comprender cómo narrar una e
scena. Y es tirar una novela porque no sale, o descartar centenares de páginas porque el tono suena equivocado, o dar forma a un personaje magnífico y darse cuenta que no cabe dentro de la historia que se está narrando. En este sentido, es una profesión artesanal y el pasatiempo de un loco: construimos palacios de sílabas, unimos letras con letras como se ponen ladrillos sobre ladrillos, para realizar obras arquitectónicas literarias vertiginosas unidas sólo por palabras. Y esto, al fin y al cabo, requiere también un poco de “locura”: un fuerte sentimiento de lo imposible, de lo irreal, de lo que no termina por cuajar, una traición a la lógica del sentido de la realidad.

Es útil conocer los mecanismos de la narración, pero aplicarlos en forma académica vuelve a las novelas fastidiosas y falsas (me refiero al producto). Al final del día no existen reglas ni leyes, y se debe buscar cada narración dentro de uno. Lo único que sirve a quien escribe, como ha muy bien escrito Margaret Atwood, es encontrar el Tú personal. El lector ideal es aquel para el cual se escribe, con el cual te confrontas, que quisieras conquistar, que a menudo es el que te mete en una discusión, te contesta, te desanima. Se escribe siempre para alguien, y el Tú es la escuela. Pero ni siquiera el Tú puede sugerirte las ideas, las invenciones, la Voz. Éstas emergen de una zona más profunda de nuestro Yo. Ni el método ni la constancia pueden conseguirlo. Todo lo que podemos hacer es dejar una pequeña apertura para que puedan salir.

¿Está ya escribiendo una nueva novela? ¿La escribirá en el presente o piensa volver a la novela histórica, que al final del día es más esperanzadora?

No creo haber escrito una novela histórica. La novela ambientada en otra época representa para mí un viaje por el único planeta en el cual no viajaremos jamás: por el planeta del pasado, y esto significa a menudo un viaje a la muerte. Lo que automáticamente excluye que pueda brindar consuelo o tranquilidad. Escribir sobre personas desaparecidas hace cien o más años obliga a hacer frente al sentido de la existencia individual. Es esto lo que me ha empujado a escribir historias ambientadas en el siglo XVIII, XIX, etc.: reencontrar vidas mínimas perdidas, narrar el encuentro entre la gran Historia y la pequeña historia de Alguien, el destino colectivo y la tragedia personal, por dar un ejemplo. Escribiré seguramente otras historias de ayer: de hombres y mujeres que han vivido, exactamente como nosotros, en otras épocas y lugares. Pero deseo continuar a escribir asimismo sobre el tiempo escurridizo de la contemporaneidad. En el fondo, esta es la ambición de cada escritor. No existe nada más que me interese aparte de la vida.

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