Costa Rica: el peregrinaje de un adicto del surf

Llegamos a San José exhaustos luego del escaneo de iris, la toma de huellas digitales y la temperatura bajo cero del aire acondicionado del aeropuerto de Orlando. Era abril pero parecía agosto, con un viento cálido y un elevado porcentaje de humedad. Un ruidoso grupo de choferes de taxi esperaba a la salida de la Terminal de llegadas y nos sentimos algo amenazados, debido al defasaje de horario y al aturdimiento que el largo vuelo nos había causado. Por suerte la representante del hotel donde nos íbamos a alojar sugirió tomar un taxi rojo, y un hombre silencioso nos acompañó a su coche (sin patente).¡San José de noche no es la ciudad más atractiva pero estábamos tan hechos polvo que habríamos incluso aceptado una habitación en Beirut!

Durante el desayuno descubrimos finalmente que nos encontrábamos cerca del trópico, con ananaes del tamaño de una pelota de fútbol, mangos que crecían en árboles y una mesa muy bonita metida en el medio de la vegetación tropical de los jardines exteriores al hotel.

La ciudad en sí no es nada especial, a excepción del bello teatro en el centro de la ciudad y del mercado de verduras bastante ruidoso y caótico (con el calor, los olores pueden resultar bastante sofocantes… pero de todas formas el lugar es colorido y animado). Luego de dos días de aclimatación finalmente nos dirigimos a nuestro destino de peregrinaje. Un avioncito, tan pequeño que daba miedo, nos llevó al norte, a un lugar llamado Tamarindo.

La vista desde el avión era increíble, con elevadas montañas y una selva exuberante de plantaciones de café y vegetación tropical bordeando San José.

La pista de aterrizaje del “aeropuerto” de Tamarindo es terriblemente corta y está cubierta de gravilla, y vacas se paran a mirar desde ambos lados de la misma. El avión fue aterrizando a los tumbos, pero el alivio de llegar vivos basta como para olvidarse de todo lo demás. Cuando se abrieron las puertas, sentimos como si estuviéramos entrando en el infierno, con una temperatura de acerca 35C (¡nos acostumbraremos!) que nos daba la bienvenida.

Una furgoneta nos llevó al surf camp (paquete de vacaciones para surfistas) con el que habíamos estado soñando durante los últimos seis meses y, diez minutos después de haber puesto pie en tierra firme, ya estaba metido en el agua y todo era como me lo había imaginado. El agua estaba cálida (me puse sólo shorts y una camiseta para no quemarme la espalda), las olas eran pequeñas pero no es eso lo que importa… ¡estaba en Costa Rica, el país del Eterno Verano!

El camp constituía para nosotros (mi esposa y yo de luna de miel, largamente pospuesta) la mejor de las opciones: no teníamos que cargar con ninguna tabla de surf, el alojamiento era lindo y la pericia local en lo que respecta la rompiente y el oleaje. Se podía tomar lecciones, pero para mí esto fue el único punto en contra del paquete, ya que las mismas estaban diseñadas para principiantes.

A las 6:30 PM, todos los días, con la puntualidad de un reloj suizo, la naturaleza ofrece el show más maravilloso del mundo: el atardecer. Tamarindo mira exactamente al oeste y el sol se pone como una pelota de baloncesto, con colores que van desde el rojo fluorescente al rosa rabioso a un amarillo cálido: es simplemente espléndido.

El pueblo es bien civilizado y está bien construido y, a pesar de ser uno de los destinos más populares para hacer surf para hordas de estadounidenses, no ha sucumbido aún a las presiones del turismo y mantiene un aire pueblerino. Desde la playa, ningún hotel contamina la vista de la increíble vegetación que la rodea y hay solamente un camino pavimentado: el principal. La playa de Tamarindo es larga y los surfistas se concentran en la parte norte de la misma, hacia la desembocadura del río. En la orilla opuesta yace una beach break (playa para hacer surf) más progresista y avanzada: Praia Grande.

En un par de oportunidades, cuando la marea no estaba muy alta, cruzamos el río (con la esperanza de que los cocodrilos que lo habitan estuvieran cenando en otra parte), para disfrutar de un surfing descongestionado con olas de casi dos metros y medio y de una belleza absoluta.

Hicimos incluso incursiones de surf, la primera a unas pocas horas de Tamarindo, a una playa volcánica (¡con arena negra y muy, muy caliente!). El surfing fue el mejor que practiqué en toda mi vida, con olas que alcanzan fácilmente los dos metros y medio, con trayectos largos y nada de golpeteos al final. La temperatura del agua llegaba fácilmente a los 25C, lo que hacía redundante el traje de neopreno, y por lo tanto remar se facilita porque los movimientos son mucho más simples. Cada sesión de surf se interrumpe normalmente sólo por deshidratación o calor extremo y nunca por fatiga, ¡dénme una canastita de picnic para llevar a bordo y puedo hacer surfing el día entero!

Tuvimos además la oportunidad de hacer una parada en una “Soda” local, el clásico bar a la vera del camino, que normalmente tiene el aspecto de choza abandonada hasta que golpeas en la pared y sale el dueño de la tranquilidad de su hamaca y comienza a preparar el “ceviche”, el plato de pescado más peligroso de Sudamérica: pescado marinado crudo y mariscos. Siempre había cerveza fría y algo de arroz para repartir, lo que hacía a todos sonreír de inmediato.

Durante la semana que pasamos haciendo surfing en el lugar, tuvimos la oportunidad de conocer al gran héroe del surf de Costa Rica, y quien iniciara la pasión internacional por este pequeño país. Robert August vive en Tamarindo, en el Holiday Inn que es de su propiedad (¡olvídense del estereotipo del vago playero que vive en una choza en la playa!) y es parte del folklore local.

Robert August, para los analfabetos del surf, es el protagonista de la versión original de la película Endless Summer (“Verano Eterno”, dirigida por Bruce Brown), realizada en la década de los sesenta. Aparece nuevamente, y siempre en Tamarindo, en la secuela del filme, (Endless Summer II, 1994). Es un ícono, erguido y elegante cuando camina y aún más elegante cuando practica el surf. Tiene tablas de surf que de marca llevan su nombre y organiza además la Competición de Tierra-Mar (Surf and Turf Competition: surfing más competencia de golf, para recaudar fondos para caridad). Este evento se llevó a cabo durante nuestra estadía y algunos longboarders fabulosos mostraron sus destrezas durante un día entero.

El oleaje no se dio propiamente dicho durante nuestra estadía en el lugar, pero nos han llegado informes, historias y leyendas de olas entre tres y tres metros y medio que se deshacen en la costa. De todas formas el surfing estuvo muy bueno, con olas de casi dos metros y medio que rompen en la bahía a diario.

Luego de una semana de surfing tu cuerpo, no acostumbrado, pide clemencia y necesita y descanso pero tu cabeza no es capaz de desenchufarse y, como fue mi caso, seguí soñando con las olas de Tamarindo durante por lo menos un mes luego de haber estado en Costa Rica. Realicé mi sueño, pero indudablemente me picó el bicho del surfing… Ahora me toca sentar cabeza, trabajar duro y ahorrar para el próximo viaje: quizás Brasil, Japón o incluso Nueva Zelanda.

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