Carlos Fuentes y la gran tradición del castellano

El jueves 2 de febrero pasado admiradores y periodistas nos dimos cita en la Sala Purcell del Royal Festival Hall de Londres. La razón: la presencia de Carlos Fuentes, aclamado escritor mexicano y uno de los mayores representantes del boom latinoamericano (movimiento literario de la década de los sesenta).

La presentación comenzó con la mención de su buen amigo y colega Tomás Eloy Martínez, conocido por novelas como Santa Evita., La Mano del Amo, La Novela de Peron y últimamente El Cantor de Tango, el libro que debería haber estado presentando. Martínez no pudo acudir al evento por razones de fuerza mayor, pero nos acompañó su imagen proyectada sobre una pantalla gigante.

Buenos Aires, año 2001. Fuentes y la presentadora Amanda Hopkinson compartieron con nosotros extractos de las versiones castellana e inglesa de El cantor de tango. Un estudiante estadounidense llega a Buenos Aires en búsqueda de Julio Martel, un cantante de tango porteño que ha desaparecido (sigue el modelo de Carlos Gardel, trágicamente fallecido en un accidente, y de Roberto Goyeneche, destruido por la bebida). El público es diverso y va desde el joven estudiante de pelo decolorado amante de la cultura latina al excéntrico profesor universitario con coleta y traje gris. Somos un mundo de oídos que absorben en respetuoso silencio cada palabra de este cantor de tango con acento mexicano. Buenos Aires, año 2001. Una ciudad de laberintos, contradicciones, encantos.

Pasamos a continuación a La Silla del Aguila. Fuentes, en lo alto del palco, en un ir y venir de entonaciones fuertes y suaves, bajo un sol de neón que resalta su figura alta y elegante, va deshilachando el relato con labia. Sus palabras fluyen, se detienen, flotan un fúgido instante en la semioscuridad del auditórium y van iluminando una a una nuestras mentes de audiencia cautivada.

México, año 2020. El país no sólo se ha pronunciado en contra de la ocupación militar estadounidense en Colombia, sino que además ha exigido a su vecino del norte que pague la tarifa establecida por la OPEC por el petróleo nacional. Esto desata la ira estadounidense y consecuentemente el drama mexicano: la compañía que administra el sistema satelital que controla las comunicaciones en México, con sede en Miami, “sufre un imprevisto desperfecto” y México pierde por ende la capacidad de comunicarse por televisión, radio, email, fax o incluso telégrafo. En un país donde se persiguen las políticas del “el silencio es oro”, “se dice todo, sin decir nada” y “si te he visto, no me acuerdo”, resulta irónico que de la noche a la mañana el único medio de comunicación disponible sean las cartas. En una nación donde los políticos no dejan nada por escrito, el hecho es significativo. Y en el medio de una carrera para ser el próximo ocupante de la silla del águila, o sea la presidencia, lo es aún más. Fuentes desarrolla el género epistolar con perspicacia; las cartas revelan las complejas relaciones entre los protagonistas, para quienes la política, la ambición, el sexo, el abuso del poder y el amiguismo se confunden, a la vez que lo que se dicen los unos a los otros va avanzando la trama de la novela.

La silla del águila es un libro particular porque analiza el futuro sin hacer referencia al pasado. ¿Y esta libertad? “Siempre vivimos en el presente”, afirma Fuentes. Comenta que ya el escritor chileno Pablo Neruda decía que los escritores latinoamericanos llevan el peso de sus países sobre sus hombros. Era una gran responsabilidad. Con la llegada de la democracia, sin embargo, esto dejó de ser el caso, lo que asimismo facilitó y dificultó la labor de las generaciones de escritores posteriores: se había levantado la restricción sobre la libertad de palabra. “Tenemos una democracia, el escritor no está obligado a decir lo que dice la política”, agrega Fuentes, “el ciudadano dice lo que tiene que decir”. “La silla del águila” no pretende ser ni un análisis del pasado ni una predicción del futuro. Es lo que es: una novela.

El libro ya había representado uno más de los éxitos del autor en su versión original en castellano y la reacción del público inglés no fue menor; reímos al saber que la presidenta de EEUU en la novela es nada más ni nada menos que Condolezza Rice.

Carlos Fuentes, hijo de diplomáticos mexicanos, nacido en la ciudad de Panamá en 1928, fue educado en México, EEUU, Argentina y Chile. Más tarde él mismo ejercería la diplomacia en Europa. Su trabajo no se limita a las letras: su serie de documentales sobre la historia de Latinoamérica, El Espejo Enterrado, por ejemplo, son sólo una magistral pequeña muestra de su inquietud por todos los medios de comunicación, no sólo el escrito. Pero Fuentes es por encima de todo un gran político, no teme expresar abiertamente su opinión; es más, la hace foco de su trabajo. Producto de esta mentalidad activamente política y de este valor que la caracteriza son títulos como “Contra Bush”, así como las numerosas entrevistas en las que expresa claramente su actitud ante la política estadounidense y las repercusiones en su amada Latinoamérica. Ataca de nuevo esta faceta cuando comenta, provocando la carcajada general, que M&eacut
e;xico tiene el mejor sistema de elección democrática del mundo: “Siempre sabemos quién va a ser presidente, porque lo sabemos un año antes de las elecciones”, dice con sarcasmo, enfatizando la tradición de política autoritaria de su país (cabe destacar que el PRI, el partido 'oficial' mexicano, ha estado a las riendas del poder desde 1929 hasta principios de la década de los noventa, con poca oposición de los demás partidos políticos).

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