Caos en la ciudad: qué tienen que ver la arquitectura y el modernismo con el punto máximo de producción petrolífera. Entrevista a James Kunstler

Hay a quienes les encanta alardear en cuanto al tiempo que les lleva llegar al trabajo en coche. Como los hombres de Yorkshire en el sketch de los Monty Phyton, se levantan media hora antes de ir a la cama la noche anterior para llegar a la oficina puntuales por la mañana del día siguiente. Viven, al menos la mayoría, en las zonas periféricas de las ciudades.

James Howard Kunstler, autor de The Geography of Nowhere [“Geografía de ninguna parte”] (1993), The City in Mind [“Pensando en la ciudad”] (2001) y de The Long Emergency [“La eterna emergencia”, en preparación], sostiene que la expansión suburbana con baja densidad y descontrolada de las ciudades norteamericanas en particular constituye un modelo de urbanismo insostenible erigido a costa de petróleo a precio tan bajo que deja de ser realista, y que ha no solo dejado huellas en el paisaje metropolitano, sino también destruido las comunidades urbanas. Tal como cualquiera que haya querido dar un paseo (léase: a pie, no conduciendo) en algún suburbio estadounidense puede atestiguar: no se puede “caminar” en las urbanizaciones norteamericanas. Las mismas no se dan para las relaciones sociales, tan apreciadas por los estadounidenses, que han intentado recrear el ambiente de mentalidad pequeña y burguesa de provincia en poblaciones pertenecientes a grandes corporaciones de la industria del espectáculo. De acuerdo con la obra de Kunstler, en el mundo real los edificios se han divorciado de las calles porque la gente conduce o se espera que se conduzca a todas partes [The City in Mind].

Pero a Kunstler le agradan las ciudades, los edificios e incluso las carreteras, siempre y cuando estén edificados debidamente como, según mantiene, es el caso de París. No se pronuncia ciegamente a favor de los espacios verdes en las ciudades, y sugiere que la gente a menudo prefiere los espacios verdes debido a la deprimente convicción de que hemos perdido la capacidad de diseñar un edificio que pueda competir con una parcela de pasto. Tampoco se opone al aburguesamiento, el cual ve como un proceso esencial y rutinario sin el cual los vecindarios y las ciudades no podrían nunca recuperarse de sus ciclos de decadencia. Según comenta, “el punto de vista sentimental que hemos adoptado en EE.UU. dicta que la clase pudiente no debería desplazar a los que viven en vecindarios venidos a menos. Esta es una posición filosóficamente indefendible, porque supone que la gente pudiente no está bienvenida en la ciudad per se, y que tampoco les corresponde arreglar las propiedades antiguas. Insinúa que la clase pudiente debería limitarse a vivir en las periferias o en el interior rural, aunque una ciudad sin clases pudientes no tiene manera de perdurar”.

Muchísimo peor que las desagradables características de las ciudades estadounidenses y la destrucción de los centros cívicos, es la inminente crisis mundial de petróleo. Según Kunstler y muchos otros, estamos por alcanzar el punto máximo de producción petrolífera, que irá seguida por un período de malestar social. El próximo libro de Kunstler, que será publicado en mayo por la editorial Atlantic Monthly Press, se titula The Long Emergency; aún así ya por 1993 había afirmado que “puede que algún dirigente de masas talentoso surja entre nosotros, nos prometa a los estadounidenses devolvernos los viejos tiempos ´si tan sólo tuviéramos el coraje para invadir alguna región con profundas reservas de petróleo´ “ [The Geography of Nowhere]. El malestar social causado por el alcance del nivel máximo de la producción petrolífera ha sido ya casi alcanzado, por no decir algo peor.

La prosa de Kunstler (es además novelista) va desde lo energético hasta lo más pugilístico, y sus libros sobre urbanismo y desarrollo de las periferias urbanas resultan de vívida lectura. Una hilera de fachadas, en The Geography of Nowhere tiene “un aspecto de palabrerío carente de talento”. En The City in Mind escribe que St Louis es “un panteón virtual de momias”; Baltimore “un armazón de mala muerte”, Atlanta “un tamaño aparcamiento bajo una cortina de humo tóxico”; Manhattan una “aglomeración físicamente infame de tipologías por debajo de lo mediocre repetidas infinitamente y de proezas de ingeniería rimbombantes”; Buffalo “tiene el aspecto de haber sufrido un prolongado bombardeo aéreo”; y Appleton, Wisconsin posee un “cinturón de carreteras circundantes y basura arquitectónica que se extienden unos ocho kilómetros hacia las afueras de la ciudad”.

Me puse al día con Kunstler poco después de su regreso a EE.UU. de Europa, y le pregunté si en esta ocasión había visitado alguna ciudad europea deprimente. “Estuve en dos de las buenas”, me contestó, “supongo que habrá algún páramo industrial atrasado en Europa que no esté tan bien, pero incluso con eso, la mayoría de las ciudades europeas son lugares más satisfactorios que los pueblos y ciudades estadounidenses”. Esta inquietud está provocada, entre otras cosas, por la expansión con baja densidad, cuyas deficiencias cívicas Kunstler define como “falta de espacios públicos, extrema segregación de usos de los mismos, así como desventajas para niños y personas mayores, que no conducen. Hay un montón de ciudades en todo el mundo caracterizadas por vecindarios compuestos por viviendas unifamiliares en terrenos muy reducidos, aunque los edificios en sí son espléndidos. No es tan difícil combinar tipologías para mezclar viviendas unifamiliares con multifamiliares en terrenos pequeños. Las diferencias suelen ser culturales: en París, por ejemplo, vivir en apartamento constituye una norma. Hasta cierto punto París fue la pionera del edificio de apartamentos moderno. Londres, por otra parte, se ha demostrado por largo tiempo alérgica a los apartamentos, resultando esto en una serie de vecindarios compuestos enteramente por hileras de casas unifamiliares adosadas idénticas, condición bastante deprimente y monótona. La expansión urbana es la disposición de vivienda menos natural y normativa que existe. EE.UU. fue su pionera a principios del siglo XX cuando ya contaba con una considerable provisión de petróleo propio. Ahora los estadounidenses han creado una desesperada dependencia por más de la mitad del petróleo que usan de naciones que los odian. La era de la expansión urbana como alternativa creíble está llegando a su fin”.

Le pregunté a Kunstler si las ciudades favorecidas eran fruto de la planificación o del desarrollo. “La mayoría de las ciudades “privilegiadas” crece de una manera orgánica, dentro de un marco de autoorganización que puede ser caracterizado como un proceso de “emergencia”. Partes de las ciudades están, sin embargo, planificadas dentro de un proceso deliberado y manifiesto. Las plazas de los barrios londinenses con su conjunto de hileras de casas adosadas caen dentro de esa categoría, al igual que las grandes avenidas parisinas que se remontan a los tiempos de Luis Napoleón (1848-1870), o bien obras más tempranas tales como Place de Vosgues, que era un palacio real que ocupaba una manzana entera con una plaza en el medio. La época in
dustrial produjo una especie de hiperdesarrollo en las ciudades que a veces estaba planeado y a veces era fortuito. Claro está que uno tiene que distinguir entre magníficos proyectos de planificación urbana, por ejemplo Washington DC, y diferenciarlos de las series de normas y estándares de excelencia, como por ejemplo el movimiento de la Ciudad Hermosa (The City Beautiful) en EE.UU. entre 1890 y 1930, que se trataba más que nada de una cuestión de consenso entre arquitectos sobre los mejores ejercicios de diseño. El siglo XX ha sido de lo más funesto para todas las ciudades, en el sentido que casi todo desarrollo ha sido una demostración de gigantismo o hiperdesarrollo enfermizo. La tendencia suburbana en EE.UU. ha resultado un fiasco, y algo menos catastrófica en Europa, donde el valor de la vida urbana en sí se ha conservado”.

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