“Comiendo espaguetis con Mohammed Ali” Entrevista con Sydney Hulls

En esta tarde de domingo fresquita pero soleada, puedo distinguir la punta de su sombrero al pasar con el coche junto al gran mirador desde donde contempla la verde explanada de Blackheath. Sydney Hulls, reportero deportivo del Daily Express durante 35 años, me espera en su amplio piso victoriano. 

El edificio es antiguo y ocupa una esquina privilegiada del parque. El piso es espacioso y está lleno de recuerdos. Me impresiona una foto de Sydney en lo alto de la Torre del Big Ben, con los enormes números del famoso reloj justo detrás de él. Me cuenta cómo vivió por un tiempo tras su boda en Marble Arch, en el centro de la gran capital londinense, pero su mujer oyó hablar de este piso donde estamos ahora y acabaron mudándose aquí en 1958.

Sydney nació en East Dulwich, un barrio en el sur de Londres, en 1923 y todavía recuerda cuando fue descalificado de una carrera local de bicicletas por tener la suya ruedas de 18 pulgadas. También recuerda a los pilotos alemanes cayendo en paracaídas durante la guerra, y cómo la casa de su mejor amigo, a sólo 80 metros de distancia de la suya, fue destruída por una de las bombas. En aquel tiempo él era vigilante contra ataques aéreos y tuvo que ayudar a buscar a la familia de su amigo entre las ruinas del edificio. “Resultaron todos ilesos pero estaban muy asustados”, dice.

Debía de tener unos 13 años cuando se encontraba con su padre en Sidcup, otro de los barrios del sur de la ciudad, y se pararon a hablar con un reportero deportivo que les comentó cómo su hijo acababa de incorporarse a la sección de deportes del Daily Express. “Y en ese momento, pensé que yo también quería acabar siendo un reportero deportivo en el periódico,” dice Sydney.

Ha vivido siempre rodeado de deportistas y promotores de boxeo. “Mi padre era un promotor de boxeo muy conocido en los años 40 y la casa estaba siempre llena de gente. Mi madre solía decir que mi padre estaba tomando un baño cuando él no quería responder al teléfono, por lo tanto terminó siendo el hombre más limpio de Dulwich”, ríe Sydney.

Al término de la Segunda Guerra Sydney consiguió un trabajo como escritor de esquelas en el Wembley News. Pero a él le gustaba cambiar la manera en que se decían las cosas. “Odio las repeticiones”, repite varias veces a lo largo de la entrevista.

Comenzó a trabajar como periodista autónomo para el Daily Express en 1950, el periódico que su padre solía comprar en casa, y cuando se incorporó como miembro de la plantilla en 1953, sintió que allí podría alcanzar sus ambiciones y decidió quedarse. “Pero esa no es la manera de crecer profesionalmente”, añade, “si quieres tener éxito, has de moverte. Pero yo me consideraba muy afortunado: estaba haciendo un trabajo que me gustaba. El 90% de la gente se levanta por la mañana y sólo piensa en cuánto queda para la noche del viernes. Mi vida era un continuo reto”.

Sydney reflexiona sobre cuánto más exigente se ha vuelto la profesión hoy en día. Me explica que los periódicos consistían sólo de cuatro páginas, y reflexiona sobre cuánto más espacio requieren ahora. Está de acuerdo conmigo cuando sugiero que el mundo de los medios es actualmente mucho más competitivo: “Los periódicos tienen que vender, no pueden permitirse el no hacerlo. Desafortunadamente las historias hoy comercian con las desgracias humanas pero nosotros como lectores somos los verdaderos villanos porque compramos lo que nos venden”, exclama apuntando con el índice al periódico que tiene sobre la mesa. “Pero la prensa tiene que tener cuidado en cómo se presenta una noticia”. Es entonces cuando recuerda el artículo publicado por el famoso diario inglés The Sunsobre la tragedia acaecida en el Estadio de Hillsborough el 15 de abril de 1989, cuando en una semifinal de fútbol entre el Liverpool y el Nottingham Forest, 96 seguidores del Liverpool encontraron la muerte aplastados contra las vallas de seguridad del estadio: “Incluso ahora The Sun no se vende bien en Liverpool”, explica.

Sydney lleva unos 20 años retirado de la profesión, pero tuvo una muy intensa carrera y conoció a algunos de los deportistas más famosos del siglo XX. Su especialidad es el boxeo y siempre ha entendido el deporte, su bisabuelo, su abuelo y su padre fueron todos promotores y árbitros desde los años 30. “Mi padre solía promover combates en Wembley y Harrogate. En verano había peleas al aire libre en Crystal Palace, yo tenía entonces unos 10 o 12 años y era el encargado de pasear el número alrededor del ring”. Las cosas han cambiado mucho. Hoy en día ese es el trabajo de chicas sexy luciéndose en bikini y juntos nos reímos de la diferencia.

Su cara se torna sombría al recordar cuando a su padre le retiraron la licencia. “El teléfono dejó de sonar”, dice, “entonces aprendí lo que pasa cuando ya nadie te necesita”.

Sydney nunca llegó a luchar en un ring: “Mi padre no me lo hubiera permitido”. Me cuenta cómo mucha gente acababa dedicándose al boxeo como un recurso para salir de la pobreza. Los trabajadores de los muelles del Támesis conseguían 30 chelines por una pelea de 10 combates. Ahora está controlado muy estrictamente, los boxeadores usan protectores para la cabeza y otras medidas de seguridad. Los jóvenes como Amir Khan, el medallista olímpico, no sólo tienen los medios para una preparación idónea sino que también tienen una muy buena educación y el apoyo de la familia. “Me impresionó el discurso que dio tras las olimpiadas”, dice Sydney bebiendo de su Alcopop, “ni siquiera Mohammed Ali tenía su madurez”.

En nuestra conversación menciona gente que ha conocido, personajes como Sugar Ray Robinson: “Tenía un estilo mecánico, era en mi opinión el mejor”; o George Foreman y la gran pelea llamada “The Rumble in the Jungle” (del inglés: «el rugido de la selva») contra Mohammed Ali. Pero es realmente a Mohammed a quien más admira Sydney. “Llegó en un tiempo en el que los negros no tenían permitido el ingreso en restaurantes en los Estados Unidos, cambió su nombre y acabó siendo una de las figuras más sobresalientes en el mundo del boxeo”.

Sydney explica cómo cuando Ali se cambió el nombre (originalmente era Cassius Clay) debido a sus creencias religiosas, Pete Wilson, en ese entonces el mejor reportero de boxeo y amigo de Sydney, se negó a usar el nuevo nombre: para Wilson y quizás también para muchos otros, el boxeador seguiría siendo siempre el gran Clay.

“Ali me conocía sólo como una cara más entre los reporteros, pero cierta vez me entrevistaron en la televisión de Zaire justo antes del comienzo de una de sus peleas, y cuando me preguntaron que quien creía que ganaría, yo no pude responder. Más tarde, el mismo Mohammed me miraba fijamente a los ojos y exclamaba: “Así que ¿no creías que ganaría?”

En otra ocasión, en el Campeonato Mundial de Pesos Pesados que tuvo lugar en Kuala Lumpur el 1 de julio de 1975, Ali ganó por puntos tras 15 asaltos. Fue la pelea anterior a la llamada “Thrilla in Manila” (del inglés: «emoción en Manila») el 1 de octubre del mismo año, en la cual Ali venció a Joe Frazier en 14 asaltos. “En Kuala Lumpur”, cuenta Sydney, “mi viejo amigo Neil Allen, me dice que visitamos a Ali para una entrevista y que siendo los dos únicos periodistas presentes, Ali cocinó espaguetis para nosotros. He de confesar que tengo un muy vago recuerdo de este episodio, pero me gusta creer que es cierto”.

“¿Ali o Tyson?” pregunto, y él inmediatamente hace un gesto con los ojos y enfatiza cómo Tyson no tiene ni comparación con Ali. Pero Sydney es todo un caballero, y muy inteligente por cierto, así que se niega a hacer más comentarios al respecto.

Para aquellos que quieran ver un combate de boxeo en vivo, Sydney recomienda el York Hall en Bethnal Green, Londres. “He pasado muchas tardes allí. ¡En aquellos días no había teléfonos móviles! ¿Lo puedes creer? El combate principal terminaba a eso de las diez de la noche y yo tenía que precipitarme al teléfono para informar sobre mi reportaje inmediatamente. Bueno, para estos pequeños acontecimientos el periódico no quería hacerse cargo de los gastos de instalar un teléfono en el local”, continúa explicando, “¡así que teníamos que precipitarnos fuera del ring para encontrar la cabina más cercana que no hubiera sido destruida por los vándalos de la zona!” Sydney reflexiona sobre las ventajas de los teléfonos móviles: “La oficina hubiera podido ponerse en contacto con uno las 24 horas del día, ¡siete días a la semana! Entonces puede que a pesar de todo, la vida no fuera tan mala en aquellos tiempos”.

Sydney Hulls también cubrió las olimpíadas de 1960 a 1980 y tiene muchas anécdotas para narrar, pero confiesa que no ha seguido muy bien las últimas en Grecia.

En este momento divide su tiempo entre reuniones con amigos, sus clases de castellano, y sus frecuentes cruceros alrededor del mundo. A sus 82 años es todavía un atractivo y encantador caballero. Me besa en ambas mejillas, al estilo español, y sonríe, todavía con su sombrero puesto, mientras me despide con la mano en alto desde la puerta del edificio.

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