¡Simona vive! Noticias desde L’Aquila

¡Simona Iannini vive!

No harían falta más palabras para describir el alivio que siento.

La conocí en una de sus maravillosas clases de bolillos en L’Aquila. Compartió conmigo su conocimiento, su ánimo, sus ganas de hacer bien las cosas, y la valentía que la sacó de entre los restos de su casa aquella fatídica noche.

Su hijo esta bien, su compañero también, ¿qué puedo añadir?

Podría decir que L’Aquila me adoptó en esta segunda parte de mi vida que recomencé al dejar mi España: Londres lo es todo, quizás en exceso; Roma, un caos, una pesadilla que me sigue atrayendo; L’Aquila, el lugar ideal donde me hubiera gustado vivir, la ciudad encantada que me pudo haber dado trabajo y paz lejos de mi verdadero hogar. L’Aquila es ahora para mí lo que llamamos “el pueblo”. Allí pasamos los mejores momentos en familia alrededor del hogar, allí reímos con las partidas de Bingo en la cocina, con la cata de licores caseros de Nonna.

Ahora, L’Aquila ya no existe. Es solo un recuerdo en fotografías que he intentado recuperar del fondo de los cajones, en un desenfrenado intento de ignorar la evidencia. Llevo semanas llorando por los rincones de las imágenes, recorriendo las calles de edificios señoriales que ya no existen. Solo la esperanza de que los conocidos sigan vivo sabre una perqueña lucecita en la pesadilla, solo esta minuscule lámparilla mantiene L’Aquila viva y vibrante en mi corazón. Y… ¡Simona vive!

Acabo de recivir un conciso email que manda probablemente desde un hospital: 
 
“Questa è una piccola testimonianza della mia esperienza. Non sono
riuscita a scrivere tutto,
 
Simona”
 
(“Este es un pequeño testimonio de mi experiencia. No he podido escribirlo todo,
 
Simona”)
 
En él me manda un archivo con un artículo de “Vivere Donna”, una revista italiana, que me atrevo a reproducir aquí, respetando todos los derechos y la calidad de la conocida publicación, solo con la esperanza de que aquellos que conozcan a Simona puedan recibir el maravilloso mensaje:
 
“Mi compañero grita: ‘Noo, nooo...’ Me levanto y corro por el pasillo hacia la habitación de mi hijo. Las piernas se me van al vacío con el suelo que cae mientras que del alto me cae a la cabeza de todo. Estoy sobre mi lado derecho, sepultada. Los huesos de la pelvis me crujen bajo el peso del cemento, la biga que me bloquea la cabeza no me impide respirar y después de que Francesco, que ha caído más veces, me pasa por encima, coge a Stefano y grita: ‘Simona, lo tengo, está bien, está bien... ¿dónde estas?’”
 
“¡Lo importante es que la familia esté bien!” me dicen los conocidos. Pero Simona dejará algún día el hospital para seguir luchando fuera de él por recobrar una normalidad que, digámoslo sin tapujos, nunca va a ser la misma. Su casa ya no está, su negocio de artesanada, por el que ha dado todo en los últimos años, se vino abajo en exactamente 20 segundos. Y es en exactamente esos largos 20 segundos, que la vida de toda una comunidad, fuerte y orgullosa de su historia, se desvaneció en la polvareda de los edificios desplomados. Otros han tenido más suerte:  la madre de mi marido, una anciana aquilana que ha pasado sus años de merecida jubilación venerando la ciudad que la vio crecer, pintándola, retratándola, inmortalizándola en sus lienzos y en sus tarjetas, solamente ha perdido mucho. Y sonríe resignadamente cuando nos dice que al menos ella no estaba en la casa en esos momentos. Recuerda entristecida la noche en que se oyeron las botas de los alemanes correr por las calles de la villa y cómo los valientes aquilanos resistieron la cruel ocupación, para que ahora, la tierra, esa tierra suya que la vio crecer, en tan solo una sacudida haya abierto las entrañas de sus montes, destruído las cúpulas de sus iglesias y reducido a escombros las más bellas y esplendorosamente conservadas edificaciones. “Mi casa era un antiguo convento,” recuerda pensando en el palacio del siglo XIII en el que pasó su infancia.
 
Pero Simona vive. Esto es lo único importante ahora. Simona representa el aliento de la ciudad, la voz de muchas personas que tienen como ella misma dice, “toda una vida para reconstruir.” Algunos, siempre en palabras de esta luchadora invencible, tendran que reconstruir tambien un cuerpo, como el suyo que ha sido aplastado bajo los escombros de su bloque de apartamentos. Les quedan también años de pesadilla. Juntos como comunidad, tienen que recobrar el valor que les haga mirar a esa ciudad que ya no existe de frente. Ahora ya no hay ni ricos ni pobres, son todos iguales en la aldea de tiendas de campaña que se ha puesto a su disposición, no pueden ni tan siquiera pasear por sus calles desiertas que ya no son ni calles y que parece pertenezcan ahora a los bomberos y los voluntarios que aún trabajan en ellas.
 
Solo estas pocas palabras para expresar el dolor de un pueblo vencido por la inmensa fuerza de la madre naturaleza. Animo L’Aquila. Simona y muchos de tus otros hijos viven, y eso es verdaderamente lo importante.
 
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