Página 2: Mirando desde afuera: Noruega y la UE

PorBerit Haugen Keyes

Traducido por: Abigail Schteinman
Es difícil dar con algún ejemplo donde Noruega haya influenciado alguna decisión individual de la UE. El gobierno noruego ha delegado expertos para aportar en áreas como seguridad marina, aunque su rol es mayormente el de observar. No parece que el gobierno noruego cuente con ninguna estrategia consistente para ejercer influencia. Hay que dar por hecho que resulte difícil señalar los orígenes de las decisiones de la UE, ya que éstas son a menudo el resultado de compromisos donde muchas voces han de ser escuchadas al unísono. Otro tema es quién en Noruega tiene alguna influencia: habrán algunos grupos de interés cuentan con alguna posición de influencia por medio de adhesión a organizaciones europeas que aglutinan a varios grupos, y estarán aquellas organizaciones que han tenido algún éxito en llevar casos a la ESA, la autoridad de vigilancia de la EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio). Un ejemplo de esto fue la iniciación de los procedimientos en abril contra el estado noruego por su introducción de un monopolio en máquinas tragamonedas. El parlamento noruego juega un papel muy limitado, y he aquí la marcada diferencia con los roles pertinentes a los parlamentos de los vecinos, que son estados miembro de la UE.

El bando del “No” no está en desacuerdo, pero subraya una falta genérica de diálogo, así como la naturaleza centralizada de la UE. Piensan que de todas formas no se suele consultar a la gente común dentro de la UE acerca de los procesos de la UE. Alegan que sólo manteniendo “completa soberanía”, Noruega puede proteger sus propios intereses frente a un súperestado centralizado y elitista. Dag Seierstad, de la organización “No to the EU” (No a la UE) lo expone de la siguiente manera: “Cuando se traslada cientos de decisiones principales del Parlamento y el gobierno nacional a la súperestructura política de Bruselas, que es una enorme máquina política que resulta completamente impenetrable e incomprensible al ciudadano común, el resultado es una devastadora amenaza a la democracia”.

Los indicadores económicos son excelentes para Noruega, por lo que cabe preguntar para qué considerar algún cambio que la afecte: en áreas como el desempleo, la reforma social y el medioambiente, el país ocupa sistemáticamente los mejores puestos de los rankings de la ONU. De todas formas, lo mismo vale para sus vecinos nórdicos Suecia y Dinamarca, ambos miembros completamente desembolsados de la UE.

Nuevamente los bandos del “Sí” y del “No” tienen su propia opinión sobre las razones de esto. Noruega cuenta con tal cantidad de recursos naturales que simplemente no necesitan a la UE: algunos hasta dirían que ni les interesa compartir con aquellos menos afortunados. Noruega pertenece al grupo líder de los países más ricos del mundo medidos en PBI per cápita. Mucha de la riqueza está generada por gas y petróleo: la extracción más los servicios derivados constituye el 46% del PBI noruego. Noruega es el tercer mayor exportador de petróleo después de Arabia Saudita y Rusia. El país del norte ha recurrido a los medios legales para proteger sus recursos naturales de la explotación y la exportación, y ha utilizado sus riquezas para mantener un patrón de población decentralizada y un fuerte sistema de bienestar social. El bando del “No” está preocupado de la protección de esos logros. El bando del “Sí”, por su parte, señala las interdependencias que emergen dentro de la nueva economía global, y cree que ningún país se puede aislar y pretender que es independiente dentro de una economía global cada vez más interrelacionada. A pesar de que la economía noruega es fuerte, no faltan los problemas. Las misma riqueza petrolífera complica las reformas y ha tenido impacto en lo que repecta a la competitividad industrial. El 70% de las exportaciones noruegas van destinadas a la UE. El bando del “Sí” alega que sólo por medio de la participación activa pueden los noruegos proteger sus intereses completamente. Jens Stoltenberg, el líder del partido laborista y posiblemente el próximo Primer Ministro noruego, sostiene que el Acuerdo del AEE no es la mejor solución para Noruega. Lo cree costoso para el país, sin dar la clase de influencia que la adhesión a la EU traería con sí.

Al menos en un aspecto existe acuerdo generalizado: Noruega tiene un montón para ofrecer a sus vecinos de la UE. Estando adentro, según algunos, Noruega podría participar y empujar a Europa hacia un modelo de unión democrática social más igual y más inclusiva. El bando del “No” parece temer que justamente esos fundamentos se pierdan si se adhieren, y alegan que como exitosa democracia independiente, Noruega está dando el ejemplo. Adentro o afuera, el orgullo de los noruegos de su país no ha disminuído: todos los bandos parecen seguros en su evaluación en que lo que en realidad se necesita es una Europa más parecida a Noruega.

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