La travesía de Usumacinta – Viajes en México y Guatemala

Por Francesca Cellauro

Traducido por: Juse García - Actuality

La siguiente historia es un extracto del diario de un viaje, rigurosa y absolutamente independiente que nos lleva desde la península del Yucatán hasta la Ciudad de Méjico, pasando por Guatemala, Chiapas, Oaxaca y las ciudades mineras del Altiplano de la Sierra Madre. Estamos esperando el desayuno en un pequeño café con tres mesas, de las cuales dos están cubiertas con manteles de lana de diferente colorido. Las paredes que nos rodean están pintadas de forma que simulan una jungla un poco surrealista: un orangután gigante tiene a un señor en su mano y luce una sonrisa satisfecha en su cara, árboles, loros, arañas gigantescas, jirafas, tucanes, leonas, ranitas de increíble colorido y otros animales, que, supongo no es necesario decir, no aparecen ni mucho menos escondidos por toda la pared. Una pequeña cascada azul baja desde la esquina y detrás nuestro hay un enorme elefante que parece dispuesto a atacar. Dos palmeras (¿secas o artificiales?) están pegadas juntas con cinta adhesiva y la televisión (conectada, por supuesto) está al máximo. Quizá la señora de la cocina sigue un programa de cotilleo matinal mientras prepara tacos, panuchos, salbutes y judías fritas. El sabor de las tortillas caseras casi me hace llorar de felicidad.....

¡Pero procedamos con orden!. El primer paso fue la Isla Mujeres, alejado de la costa de Cancún, se hacen necesarios unos cuantos días para aclimatarse al calor, a los mosquitos y a la idea de que estás en Méjico. Entonces te encuentras con Tulum, las ruinas Mayas al lado del mar del Caribe, con la fina arena blanca (un poco sucia, a veces), las palmeras, las cabañas y las vibraciones hippies. Nuestra primera semana mejicana transcurre perezosamente entre baños en el mar y pollo asado. Desde la costa, nos trasladamos a Mérida, ciudad colonial capital del Yucatán. De camino, visitamos Coba y Chichen Itza, ciudades en ruinas que pertenecen al glorioso esplendor de la civilización Maya.

En Coba nos paramos a dormir en la estación de autobuses, que hace a la vez de hotel y restaurante. Ricardo, de 22 años, nos sirvió cerveza y comida del día, rebosante de inteligencia y entusiasmo, con respeto y amor hacia las perdidas tradiciones de los Mayas, empezando por la lengua, que conocía a pesar del hecho de que ya no es enseñada en la escuela. Los niños la aprenden de sus padres, pero desafortunadamente la lengua se está mezclando cada vez más con el español, con la sensación de que, más pronto que tarde, la lengua desparecerá. Por ejemplo, “gracias” es “yuntzil boutik”, que, literalmente significa “que Dios te lo pague”. Sin embargo, hoy en día, es mucho más común escuchar Dios boutik,...., supongo que Dios debe haber cambiado también... Ricardo se puso triste al recordar la versión Maya del himno nacional y no pudo pasar de las primeras líneas (que, sin embargo, nos cantó en un susurro).

Las ruinas de Coba están semi enterradas en la jungla y es una verdadera aventura el encontrarlas. Un patético intento de escalar la primera pirámide acaba en un rotundo fracaso: minúsculos peldaños, medio carcomidos y desgastados combinados con un feroz miedo a las alturas es un cóctel letal, ¡perfecto para un ataque de pánico a un tercio del camino!. Sí alcanzamos nuestro objetivo en Chichen Itza, donde llegamos a la cima de “El Castillo”, la gran pirámide de Kukulcàn, la que tiene cabezas de serpiente en su base. ¡Ah!, qué satisfacción, y menudas vistas!, estas justos por encima de la copa de los árboles. Observamos con unos prismáticos el Chac mool (Nota del editor: el Chac Mool es una figura que se encuentra en muchas construcciones Mayas y es conocida como “El mensajero de los dioses”), con su sonrisa sarcástica, esperando pacientemente su tributo de corazones humanos en la cima del Templo de los Guerreros. De camino hacia abajo: una tragedia (me pregunto qué pasaría si alguien se negara a bajar....). Me las arreglo para descender lo más elegantemente posible sobre mi trasero, ¡pasito a pasito!. No se conoce mucho acerca de para qué utilizaban los mayas estas majestuosas construcciones. Seguramente hay montones de teorías, estudios, museos y expertos. Pero te tienes que preguntar: si el Yucatán y Chiapas están todavía habitadas por una población Maya que pasa su lengua y su calendario de generación en generación, ¿cómo es que se olvidaron del secreto del por qué estos lugares y pirámides fueron construidos?. ¡Quizá es que no nos lo quieren contar!

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