“Mi pretensión al escribir esta novela y las series de Conde fue escribir unas novelas de carácter policial, pero sobre todo social”, continúa, “una de las necesidades que yo sentía era dejar una muestra de un tiempo histórico que vivimos en Cuba y específicamente el sentimiento de desilusión cuando el mundo ideal del que nos habían hablado comenzó a desvanecerse y llegaron rumores de que la Unión Soviética no era lo que nos habían enseñado. Por eso creo que estas novelas son policíacas, sociales, pero también tristes.” Esa tristeza se condensa de manera particular en el personaje del Flaco Carlos, un ex-combatiente de la Guerra de Angola de la que Padura comenta: “No existe un síndrome similar al de la guerra de Vietnam, además no hay la misma relación con una guerra cuando se está en el lado ganador o en el perdedor”. Orgulloso relata cómo gracias a la intervención cubana, no sólo Angola mantuvo la independencia, sino que se ayudó también a cambiar el mapa político del cono sur de África. Pero cicatrices tanto físicas, como las de Carlos, como psicológicas, acompañarán a los que vivieron el conflicto para siempre: “A nivel individual quedaron traumas”, se lamenta,”para mí fue muy difícil, había violencia, miedo, yo descubrí el sentimiento de miedo estando en Angola”. La cálida voz del escritor sigue llegando desde la mesa, delante de una inmensa chimenea inglesa con querubines y demonios en relieve. (Se me ocurre que Conde se preguntaría por el origen del mármol). Con la lectura de la traducción del texto al inglés, la fluidez de la voz de Peter Bush con acento perfecto, tan sólo rota de vez en cuando por los nombres hispanos, podría situar la escena en cualquier barrio neoyorquino, una escena en blanco y negro, como las de las películas policíacas de los años cincuenta. Pero la narrativa de Padura va muchísimo más lejos, como él mismo ha comentado, no encierra sólo el misterio y la inquietud característicos de la novela negra. La sociedad cubana se asoma al lector desde las líneas del libro, el calor siempre presente, el clima suave de la isla, la humedad en la camisa del policía, casi pegándose a los sobacos del propio lector, para hallarse uno de repente en la parada del autobús de esta ciudad europea y fría donde, como dice muy bien el autor, nadie te habla. La economía, la política están siempre sosteniendo la trama, equilibrando el misterio con la realidad de los zapatos italianos envidiados por el Conde. Escuchando en silencio, no puedo menos que observar los detalles que me rodean, mirarlos a través de los ojos del inspector, que los miraría inquisitivamente, desde la oscura pintura sobre la gran chimenea, hasta la pequeña grieta en la escayola del techo; desde la magnificencia de las lámparas en forma de candelabros y las cortinas doradas, hasta la decadencia de las esquinas raídas de la alfombra. Los miro valorándolos y, contagiada de esa magia detectivesca, sospechando de cada objeto, de cada persona.
Los nombres de los personajes de la obra de Padura son escogidos intencionalmente, algunos como Conde o Marqués, de alusiones aristocráticas en apariencia, son simplemente apellidos comunes en lengua castellana, pero el autor juega con el doble significado, con los tratamientos plebeyos de los protagonistas. Explica cómo originalmente el personaje principal se llamaba Mario Lamar, y era protagonista de uno de sus primeros relatos. Al plantearse el rescate del personaje para otros trabajos observó que el apellido Lamar terminaba como los verbos en –AR españoles y resultaba demasiado cacofónico, por lo tanto tuvo que decidirse por otro nombre. Curiosamente Mario Conde es también el nombre de un conocido banquero en España, director del Banesto y detenido tras un gran escándalo de desfalco, siendo también infamemente popular en el panorama periodístico y de cotilleo de las crónicas de sociedad españolas. Por supuesto Padura aclara que ni siquiera sabía de la existencia del Conde real cuando el Conde literario nació de su tinta.
Uno de los títulos mas vendidos de Padura es Adiós Hemingway: “Hemingway fue mi primera gran influencia literaria”, dice, “me engañó dos veces: la primera cuando me hizo creer que escribir como él era muy fácil; la segunda cuando me hizo creer que la vida de los escritores era así de divertida”. “Tenía, no el deseo… ¿cómo te diré?” continúa pensativo. “Había una motivación que alguna vez me llevaría a escribir sobre él, pero no como ensayo, la forma en la que se construye una biografía. Quería escribir sobre el Hemingway más real, lejos del escenario, cuando se enfrenta con sus dos grandes temores: la imposibilidad de escribir y la muerte”, explica mencionando también la egolatría del gran americano. Pero ambos engaños ya se los ha perdonado. No así el descubrimiento de que fue un traidor para con algunos de sus mejores amigos. Es toda esta desilusión la que lo llevó a ir “cocinando”, como él dice, la novela. No lo critica sino que trata de entender sus sentimientos sobre todo en los últimos momentos de su vida.
Una característica del trabajo de Padura es la intertextualidad, en sus obras se reflejan nombres de escritores que lo han impresionado de alguna manera, incluso alusiones y citas de otros trabajos de los mismos. Nada parecido al plagio, al contrario, una especie de homenaje personal a aquellos que han conseguido impactarle de alguna manera. Tiene la creencia de que los escritores se nutren unos de otros, todo está ya escrito, se trata de la forma, del orden de las frases y las palabras, del estilo que cada uno da a su propia obra. Personalmente no puedo evitar que el teniente me recuerde un poco al comisario Flores, el protagonista de “Misterio de la cripta embrujada”, de Eduardo Mendoza. A él como a Conde, también le gusta el fútbol. De la misma manera que la obra cubana, la española también encierra aspectos de análisis y crítica social, reflejando en este caso, la sociedad española en los años de la transición democrática, teniendo en común también una cierta tristeza, una mundanidad casi doliente.
La técnica que utiliza Padura es olvidarse de la trama, “nunca sé quién es el asesino”, dice, “cada novela es un aprendizaje de cómo se escribe, no podría decirte tengo un sistema, cada novela funciona mejor o peor. Soy un escritor que luego de tener las ideas y las investigaciones, empiezo a buscar las formas”.
Igualmente yo tampoco he descubierto todavía quien es el culpable del misterio que me ocupa al momento. Me pregunto si no es realmente Padura el detective frustrado en lugar de como él mismo sugiere, Conde el escritor desesperado por encontrar la inspiración para escribir. Incluso puede que sean una misma persona, de todas formas, una vez visto de cerca al autor, no se pueden separar su imagen tranquila, su mirada inquisidora, de las del policía que no quiere ser policía pero continua siéndolo en servicio del lector que espera impaciente la publicación del siguiente caso.
Esta es, sin duda, una lectura amena para el que quiera relajarse, pero intensa para el que quiera profundizar en el existencialismo de su creador. Por uno u otro lado, la satisfacción intelectual está asegurada: ¡Sírvanse, señoras y señores, del banquete de Padura/Conde!

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