Ronan Lawlor, es un turista irlandés que se encuentra viajando a traves de los paises de Argentina y Chile. Ronan no ha mantenido contacto con su familia y amigos desde mitad de Noviembre. Esto no es normal ya que él siempre mantiene informada a la familia del lugar donde se encuentre en cada momento.
Por Abigail Schteinman
Primera Parte: Los Preliminares
Escena Primera: ¡Bendita seas, Musa de los Viajeros!
Es temprano en una cálida noche de septiembre. Abigail se pasea por el sector londinense de Chinatown. Pasa por esa agencia de viajes cerca de Shaftesbury Avenue que su amiga Michelle le había mencionado un par de veces. Los anuncios exhibidos en la vidrieda, le guiñan todos el ojo. Tokio. Beijing. Seul. Shanghai. Beijing. Hong Kong. Singapur. Qué sensación tibia, en los dedos de los pies. Qué comezón interna, son las ganas de ver cómo viven “los demás”. Es la necesidad de verse inserto en un medio extranjero. Es el deseo ardiente de aprender cosas nuevas. Ah! Probablemente no tantas amistades hayan estado ahí todavía. Los oídos zumban, el corazón palpita, las palmas traspiran, las rodillas tiemblan, qué mierda, un pasito tímido y vacilante para adentro y … muerte a la tarjeta de crédito (que en paz descanse, la pobre).
Escena Segunda: Poniéndose las vacunas en la enfermería
Auch.
Segunda Parte: Ir y Volver
Allá en lo Alto
¿Qué imágenes evoca Beijing? Vamos a ver, ¿la de una ciudad congestionada? ¿Comida china? ¿Comunismo? ¿Monumentos históricos? Si todavía no sabes, quizás quieras que te cuente algo de mis impresiones sobre Beijing. Aunque parezca increíble, la mayoría de los lugares resulta ser completamente diferente a lo que teníamos en mente antes de ir, no importa cuánto hayamos leído y cuántos consejos nos hayamos tragado antes de largarnos a la aventura.
En realidad mi viaje comenzó a bordo de una aerolínea china la noche del 24 de diciembre. Los actores y las escenas de la película china sin doblaje que estaban pasando eran un deleite, pero pasado un rato me cansé y opté por recrearme con la revista de a bordo, que también estaba toda en chino. Igual me enteré que en China se construyen casas lujosas, que las mujeres se visten con ropa de Dior y Gucci, que se inventan unos platos que son un regalo para los ojos, y que la tecnología de la comunicación ha alcanzado lo último de lo último. ¡Pero qué bien! No me explico, sin embargo, qué hace esta ración de miseria occidental en la bandeja de cena del avión… ¿Haute cuisine, que le dicen?
La Llegada
Llegar al aeropuerto internacional de Beijing fue todo un shock: el edificio moderno y estéticamente agradable hacen que el aeropuerto Heathrow de Londres se vea como una verdadera antigüedad. Si no fuera porque todo está escrito en chino, esto podría ser en cualquier lugar del mundo. Las multitudes de gente china por doquier me confirmaron la sospecha de hallarme en la República Popular de China.
Dicen que “Cuando en Roma, haz como los romanos”. Bueno, yo me tomé el consejo al pie de la letra. Decidí hacer lo que hacen los pequineses y me tomé un remis al centro. 16 Yuen, comparado con el taxi que me hubiera costado 100 Yuen. Como decía, salí de control aduanero y entré en el mundo real. El servicio de remis a Beijing se encuentra afuera de la terminal de Llegadas. De lo que no me había enterado es que existen varios itinerarios a Beijing, y todo lo que yo sabía era que mi hotel quedaba cerca de la estación ferroviaria. ¿Y qué hace una cuando nadie habla inglés (ni mucho menos castellano) y no entiende mandarín? Problema solucionado: no se da por vencida, en voz alta. Más alto. Más alto y lentamente. A-L-T-O. En algún momento, a alguien se le prenderá la lamparita. ¡Es así! Una señora me mostró un cartelito con los itinerarios para que le indicara cuál quería. Pequeño detalle, tampoco leo mandarín. La miré un poco desalentada pero sin desesperarme todavía. La señora se disculpó, dió vuelta el cartelito y, voila, los mismos itinerarios, con los nombres en letras latinas. Siete paradas para la estación ferroviaria. “Tendré que hacer el esfuerzo para mantenerme despierta y contar las paradas”. ¡Y pensar que en el mapa todo se veía tan pequeño y sencillo! Debería haberlo sabido: Beijing fue probablemente diseñada para gigantes.
Las primeras lecciones aprendidas en Beijing fueron algo dolorosas:
- Los chinos no conocen el concepto de decir que “no”: al parecer denegar algo es malas maneras, por lo que se libran de la situación elegantemente, pero sin decir que “no”;
- Si pronuncias mal una palabra no te entenderán para nada, aunque la hayas dicho casi perfecto;
- En Beijing hace muchísimo frío en invierno;
- Lo mejor es pagar los 100 Yuen y tomarse un taxi en el aeropuerto.
Me bajé del remis en la estación ferroviaria y pregunté por mi hotel, y por la calle de mi hotel. Siempre una respuesta o la otra: “Todo derecho” o “Te pasaste”. Después de dos horas de caminata, y de haber pasado en frente de la plaza Tiananmen por lo menos tres veces, comencé a sentirme frustrada.
“Dongchang´an Jie (o como se escriba), ¡no te olvidaré nunca jamás! Eres la caminata invernal más larga, y más odiosa también, que jamás haya emprendido!”
Estaba oscureciendo y ya no sentía los dedos de los pies, ya que al final de cuentas -7ºC no es temperatura de ignorar. Iba abrigada como para el invierno londinense, no para campear el frío polar. Intenté llamar la atención de un taxi. Ahí me enteré que los taxis paran solamente en las paradas de taxi. OK. Busqué y encontré una parada de taxis, la había pasado varias veces ya. Lo siguiente que me tocó darme cuenta es de que el concepto de hacer cola no ha llegado a China todavía. Mejor describir la situación como “es el reino del más fuerte”. A término de media hora de empujar y ser empujada, y de seguir intentando por inercia, ya comenzaba a sentir las lágrimas de frustración correrme por las mejillas, así que patée a dos caballeros adelante mío y me gané un taxi. El sentimiento en ese momento fue de algo así como haberse ganado las olimpíadas. Una vez sentada adentro del taxi, dije con firmeza:
“Xianmen Road, Capitol Hotel, please.” (Calle Xianmen, Hotel Capitol, por favor)
Abigail Schteinman viaja desde el barrio chino de Londres a la Ciudad Prohibida de Beijing, y descubre hermosos monumentos, capitalismo comunista, dependientas de tienda de lingerie superentusiastas y un montón más.
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