Trazos del pasado: el dilema del historiador

Por Michael Keyes

Traducido por: Abigail Schteinman
La afirmación de que los historiadores tomen del pasado sólo lo que les conviene es válida para probablemente la mayor parte de los últimos 2500 años y para la mayoría de los historiadores. Se puede alegar que la tarea del historiador consiste en tomar del pasado sólo lo que sirva a su propósito. El historiador debe por necesidad ser selectivo, ya que es imposible recrear el pasado en su totalidad: de la evidencia disponible debe determinar lo más fidedigno y valioso e interpretarlo para sus lectores. El problema reside, obviamente, en cuáles son los factores que determinan lo que se utiliza y lo que se descarta, así como también en cómo se interpreta la evidencia seleccionada. La cuestión de selectividad y subjetividad surge como una inquietud entre los historiadores en el siglo XIX, cuando Von Ranke manifiesta que la tarea del historiador es de relatar los hechos “conforme a como en verdad han sucedido”. El debate que esto desencadena ha continuado en forma encarnizada a medida que los especialistas han intentado definir la naturaleza de la disciplina y las reglas básicas para el historiador.

Heródoto, considerado a menudo como el primer historiador, es también el primero en ser acusado de escribir la historia como le conviniera. J. A. S. Evans cuestiona si Heródoto es el Padre de la Historia o el Padre de las Mentiras1… El estilo de Heródoto, narrador nato, es magistralmente literario; seleccionaba temas interesantes, ya fuesen geográficos o antropológicos, y no tenía inconveniente alguno en poner palabras en la boca de sus personajes. Su necesidad de aportar una historia con calidades retóricas para transmisión oral en público influenció su enfoque al pasado y su manera de relatarlo.

La versión de Tucídides de las Guerras del Peloponeso es un intento genuino de reescribir el relato de un escritor que había vivido los eventos en ambas partes, ya que durante la guerra había sido desterrado de Atenas a Esparta. Sin embargo, muestra una predisposición a manipular sus fuentes para sustentar su propia moralización: a manera de ilustración del poder cínico, compara a la gente de Melos, honestos en su actuar y en sus acuerdos, con la de Atenas, quienes esclavizaron o diezmaron a los primeros. Pasa luego a contrastar el trato impartido a la gente de Melos con el desastre ocurrido en Atenas cuando intenta tomar Siracusa, para ilustrar la opinión de que el Destino devuelve de alguna manera la patada a aquellos que se han comportado inmoralmente.

La tendencia moralizadora de la historiografía continúa con Polibio, quien utiliza sus fuentes para apuntalar sus teorías políticas gubernamentales. Estos últimos historiadores griegos tienden a ver la necesidad de una historia instructiva; y así utilizan sus fuentes para elaborar teorías a base de la ética y la política, lo que lleva a que la historia griega sea finalmente absorbida por la filosofía.

A pesar de que la obra de los historiadores romanos sigue el modelo de sus precursores griegos, la calidad de su trabajo suele ser inferior, con la posible excepción de Tácito. Cesar tiene un estilo asequible pero modela su versión del pasado para glorificar sus propias proezas, mientras que Livio introduce el mito y la leyenda para hacer su obra más llevadera. Con el ocaso del Imperio Romano, así como también la historia política y militar que había generado, surge el Cristianismo y con éste un nuevo estilo de historiografía.

La historia cristiana es inevitablemente propagandista; su propósito ha cambiado: la misma se había transformado en un arma para oponerse al paganismo2. Los historiadores del período cristiano, tales como Martín de Tours, descubren en su estudio del pasado ejemplos de intervención divina en el mundo y relatan eventos históricos llenos de milagros, diseñados para convencer a los lectores sobre la grandeza del Dios Cristiano. Incluso Bede, quien para la época era riguroso en su método histórico ya que controlaba y nombraba escrupulosamente todas sus fuentes, incluso él organizaba sus fuentes con la explícita intención de enseñar el mensaje de la verdadera fe. En su calidad de monje depende igualmente del poder secular del momento, demostrado por el hecho que su Historia eclesiástica gentis Anglorum fuera dedicada a Ceolwulf, rey de Northumbria, lo que constituye un indicio de la predisposición anglosajona de su obra.

La iglesia domina a la sociedad de la Edad Media, y la documentación sobre el pasado se ve reducida a listados, anales monásticos y crónicas. Los anales constituyen un ejemplo de cómo la sociedad determina lo que la historia recoge. La falta de interrogatorio sobre los eventos del pasado es un resultado de la fe en un Dios todopoderoso y controlador, así como de la convicción de que el pasado no había sido diferente al presente. La comprensión de que un pasado muy diferente había existido antes de la Edad Media ve a la historiografía renacentista trazar de fuentes del período clásico para proporcionar modelos de convivencia y conducta en el presente. La erudición humanista lleva a un examen más crítico de las fuentes pero se da mucho la imitación a los historiadores moralizadores del período clásico.

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